ESPAÑOL
Nour decía que era una traductora de tres orillas. La primera era aquella de la que procedía su madre, una orilla que Nour había conocido incluso antes de conocer su nombre: en las palabras de la infancia, en los olores de la cocina, en las llamadas telefónicas de los parientes, en las fotografías guardadas al fondo de un cajón. La segunda era Sicilia, la orilla en la que había crecido y donde había aprendido que una lengua también puede tener carácter, humor e incluso olor. La tercera no aparecía en ningún mapa: era aquella que nace cuando dos personas intentan comprenderse sin pedirle a la otra que se vuelva igual a ellas.
Aquella era la orilla más difícil de alcanzar.
Nour trabajaba como traductora del italiano al árabe. Aquella tarde, en la biblioteca de la Kalsa, estaba preparando un fragmento de Andrea Camilleri para un taller bilingüe. El texto se leería primero en italiano y después en árabe, ante un pequeño grupo de personas que llevaban años viviendo en Palermo, pero que no compartían todas la misma lengua de origen.
Había mujeres tunecinas, jóvenes nacidos en Palermo en familias egipcias, un jubilado que había trabajado en el puerto, dos estudiantes y una señora de Bagheria que había decidido aprender árabe después de cumplir los sesenta años.
«Para entender mejor a las vecinas», había dicho.
Nour no había tenido el valor de decirle que sus vecinas ya hablaban cuatro idiomas y lo entendían todo, incluso cuando fingían no hacerlo.
Ya casi era de noche. La biblioteca había cerrado al público, pero Nour se había quedado trabajando. Por la ventana abierta entraban el ruido de los platos, algún claxon, un televisor con el volumen demasiado alto y la voz de un vendedor de panelle. Palermo nunca dejaba de hablar de verdad. Solo cambiaba el volumen.
Nour llevaba cuatro días dejando una palabra en medio de la página. No la había traducido, no la había borrado, ni siquiera la había rodeado con un círculo. Había construido a su alrededor una especie de silencio, como se hace con una persona que entra en una habitación y uno todavía no sabe si viene a pedir disculpas o a discutir.
La palabra era Amunì.
En el diccionario podía parecer sencilla: vamos, venga, anda. Pero Nour sabía que no era así. Amunì cambiaba según la voz. Podía ser una invitación o un reproche, impaciencia o complicidad, aliento o afecto. Podía significar: ven. O bien: date prisa. O incluso: no te quedes ahí solo.
No era solo una palabra. Era un gesto. Una palabra que ponía a las personas en movimiento.
Nour la conocía desde siempre. La había escuchado en los patios, en las cocinas, en las calles, en las voces de las mujeres que llamaban a sus hijos y en las de los hombres que se despedían en la puerta de un bar. Pero ahora tenía que llevarla a otra lengua. Y tenía miedo de perderla durante el viaje.
Estaba releyendo la frase cuando oyó una voz a su espalda.
«Si la ha dejado ahí durante cuatro días, esa palabra ya se habrá convencido de que es ella quien manda en el texto».
Nour se volvió.
El hombre estaba sentado a la mesita junto a la ventana, como si hubiera llegado desde algún lugar del libro que ella todavía no había traducido.
Chaqueta oscura, gafas, un cigarrillo entre los dedos y un rostro en el que la ironía no borraba el cansancio, sino que lo mantenía a raya.
Nour lo reconoció.
«¿Usted es Andrea Camilleri?».
«Esta noche sí. Mañana ya veremos».
Nour se quedó mirándolo.
«Pero usted está muerto».
«Eso no impide que una persona tenga opiniones sobre las palabras».
Nour estalló en una carcajada.
«No es una palabra cualquiera».
Camilleri se acercó a la hoja.
«Ya lo veo».
«Es Amunì».
Camilleri la pronunció despacio.
«Amunì».
Por un instante, Nour tuvo la impresión de que la palabra había cambiado de peso.
«¿Qué quiere poner en su lugar?», preguntó él.
«Depende del contexto».
«Bien. ¿Cuál es el contexto?».
Nour le leyó la frase. Camilleri escuchó.
«¿Y entonces?».
«Podría traducirla como “vamos”».
«Podría».
«“Venga”».
«Podría».
«“Anda”».
Camilleri hizo una mueca.
«Y ninguna de las tres es verdaderamente Amunì».
Nour suspiró.
«Ese es precisamente el problema».
Camilleri señaló la hoja.
«¿Sabe cuál es el problema de las palabras?».
Nour negó con la cabeza.
«Que creemos poseerlas porque las hemos aprendido. Y, sin embargo, son ellas las que nos poseen a nosotros».
Señaló Amunì.
«Esta no significa solamente “vamos”. Depende de cómo la diga. Puede ser un empujón, una protesta, una caricia. Puede ser una orden o una invitación».
Nour lo escuchaba.
«Una palabra», continuó el Maestro, «no es un tornillo que tiene que encajar en el lugar correcto. Una palabra viene de alguien y, cuando viene de alguien, trae consigo una historia».
Volvió a señalar la hoja.
«Esto es Sicilia. Es calle. Es familia. Es memoria».
Nour bajó los ojos.
«Pero quien no conoce el siciliano corre el riesgo de no entenderlo».
«¿Y por qué tiene que entenderlo todo de inmediato?».
«Porque, si no lo entiende, se siente excluido».
Camilleri la miró.
«Y si le quitamos la palabra, ¿qué hacemos? ¿Lo incluimos?».
Nour no respondió.
«No», dijo él. «Le enseñamos que, para ser acogido, debe encontrar ante sí una lengua que ya haya sido domesticada».
Se inclinó ligeramente hacia ella.
«Una lengua no es solo un código. Es memoria. Es pertenencia. Es la manera en que una comunidad se reconoce a sí misma. Si cada vez que alguien llega de fuera le quitamos las palabras que no conoce, no le estamos abriendo una puerta. Le estamos diciendo que puede entrar únicamente después de haber dejado algo fuera».
Nour sintió que aquellas palabras le llegaban de lleno.
«Pero entonces, ¿qué debería hacer?».
«Resistir, Nour. Re-sis-tir».
El Maestro marcó bien las sílabas.
«¿A qué?».
«A la tentación de hacer que todo sea igual, de rebajarse al conformismo lingüístico, a la banalidad de la homogeneización».
Camilleri entornó ligeramente los ojos; el humo del cigarrillo se le había metido en ellos. Después continuó:
«El traductor no debe borrar la distancia. Debe hacerla transitable».
Nour lo miró.
«Un puente».
«Exactamente».
Camilleri esbozó una leve sonrisa.
«Pero recuerde siempre una cosa: un puente sirve porque existen dos orillas. Si borra una de las dos, ya no ha construido un puente. Simplemente ha allanado el camino».
Nour permaneció en silencio. Entonces Camilleri volvió a mirar la hoja.
«¿Sabe a quién me habría gustado tener aquí esta noche?».
«¿A quién?».
«A Chraïbi. ¿Sabe quién es?».
Nour sonrió.
«¿De verdad lo consideraba su hermano?».
Camilleri hizo un pequeño gesto con la mano.
«Hermano es una palabra muy grande. Digamos que nos mojábamos los pies en la misma agua».
«¿El Mediterráneo?».
«Precisamente ese. Yo de este lado, él del otro. Pero escribíamos con los pies en la misma bañera».
Nour se rio.
«Es una imagen preciosa».
«No es una imagen. Es el Mediterráneo».
Camilleri miró hacia la ventana. Por un momento pareció seguir con los ojos algo muy lejano.
«Una bañera grande, eso sí. Y a veces muy amarga».
Nour no dijo nada.
«Hay pobres desgraciados que se marchan pensando que van a encontrar una orilla y, en cambio, encuentran el mar. Se marchan por un trozo de pan, por un trabajo, para poder sobrevivir. Y el mar se los lleva».
La voz de Camilleri se había vuelto más baja.
«Y nosotros seguimos llamándolas orillas, como si bastara con llegar a ellas para estar a salvo».
Nour miró la hoja. Camilleri volvió a señalar Amunì.
«Por eso las palabras son importantes. Porque, al menos ellas, pueden pasar de una orilla a otra sin ahogarse».
Nour lo miró.
«¿Las palabras no mueren?».
«Claro que mueren. Pero cuando alguien las escucha, a veces vuelven a salir a flote».
Después, el Maestro guardó silencio durante unos segundos.
«Y hay otra manera en que una palabra puede morir».
Nour esperó.
«Cuando dejamos de pronunciarla porque nos avergonzamos de lo que cuenta».
Nour lo miró.
Camilleri continuó:
«Hay palabras que una persona lleva encima, como lleva su propio nombre. Palabras de la madre. Palabras de la casa. Palabras que ha escuchado de niño y que quizá no utiliza durante años; luego basta con que alguien las diga de la manera adecuada y, de repente, te encuentras en la cocina de tu madre».
Nour bajó los ojos.
«¿Las palabras nos representan?».
«Algunas sí».
Camilleri se tocó ligeramente el pecho.
«Hay palabras que no describen quiénes somos. Nos mantienen unidos».
Nour permaneció en silencio.
«Y cuando se traduce una lengua», continuó Camilleri, «hay que tener cuidado de no llevarse precisamente esas palabras».
«¿Cómo se reconocen?», preguntó Nour.
«No siempre se reconocen. Ese es el problema».
Entonces tomó la hoja.
«A veces son las palabras más pequeñas. Las que parecen tonterías. Las que no aparecen en los discursos importantes. Una forma de saludar. Un insulto. Un apodo. Una palabra que tu madre decía cuando habías hecho algo bueno y otra cuando habías metido la pata».
Nour sonrió.
«Como Amunì».
«También».
Camilleri señaló la palabra.
«Pero no porque sea especial en sí misma. Sino porque dentro de una palabra tan pequeña puede caber un mundo entero».
Nour pensó en la voz de su madre.
En ciertas palabras árabes que nunca había traducido porque, en el fondo, nunca había sentido la necesidad de hacerlo.
Le bastaban tal como eran.
Camilleri la observó.
«Mire, Nour, creemos que las palabras sirven para decir las cosas».
Hizo una pausa.
«A veces sirven para no perderlas».
Aquella frase permaneció durante mucho tiempo en la habitación.
«Por eso no deben morir», dijo Nour.
Camilleri asintió.
«Sí. Pero no debe salvarlas metiéndolas bajo una campana de cristal».
«¿Qué debo hacer entonces?».
«Debe hacer que vivan».
«¿Y cómo?».
«Usarlas. Escucharlas. Dejarlas cambiar sin obligarlas a avergonzarse de lo que fueron».
Volvió a señalar la página.
«Una palabra no es una pieza arqueológica, sino una criatura viva. Si la lleva a otra lengua, no debe embalsamarla».
Nour sonrió.
«Eso es algo muy propio de un traductor».
«No».
Camilleri se levantó sobre sus piernas débiles.
«Es algo propio de los seres humanos».
Y durante un momento permaneció en silencio.
Después volvió a señalar la hoja.
«Las palabras que definen nuestra identidad son frágiles. Basta muy poco para vaciarlas de contenido. Una traducción demasiado pulida, una explicación colocada en el lugar equivocado, una palabra sustituida por comodidad. Y, de repente, esa persona habla como cualquier otra».
Nour pensó en su madre. En las veces en que alguien había pronunciado mal su nombre y ella había sonreído para no incomodar a su interlocutor.
Pensó en cuántas veces ella misma había traducido para su madre, intentando que sus frases fueran más breves, más ordenadas, más italianas. Quizá, sin darse cuenta, había intentado hacerla más fácil de entender para los demás.
«Una vez, mi madre me dijo: “No me conviertas en italiana cuando traduzcas lo que digo”».
Camilleri sonrió.
«Buena mujer».
«En aquel momento me ofendí».
«¿Por qué?».
«Pensaba que la estaba ayudando».
«Quizá la ayudaba demasiado».
Nour bajó los ojos.
Era una frase sencilla. Y, sin embargo, le dolió.
«Ese es su trabajo».
«¿Qué cosa?».
«No ayudar demasiado».
Nour se rio.
«Es un trabajo complicado».
«Las cosas importantes casi siempre lo son».
Después, Camilleri volvió a mirar la palabra.
«Tú piensas que traducir significa llevar una palabra al otro lado».
«¿No es así?».
«Nooooo».
Camilleri volvió a señalar la página.
«Significa convencer a quien está en una orilla de que vale la pena cruzar el río».
Nour permaneció inmóvil.
«¿Y si al otro lado no lo entienden?».
«Entonces los ayudas».
«¿Con una nota?».
«Si hace falta».
«¿Y si pongo una explicación entre paréntesis?».
Camilleri la miró, desconcertado.
«Nour, babbia».
La joven esbozó una sonrisa.
«No estoy bromeando».
«Un poco sí, me parece».
«¿Por qué?».
«Porque cada vez que tienes miedo de que no entiendan una palabra, le pones una muleta».
Nour sonrió.
«¿Y qué tiene eso de malo?».
«Que después la palabra aprende a caminar con la muleta y ya no camina sola».
Nour lo miró.
«Usted dice cosas extrañas».
Camilleri levantó una ceja. Después cambió de tono:
«Talìa, Nour: no todas las cosas que no entiendes son tonterías».
Luego señaló la hoja.
«A veces son simplemente palabras que todavía no han encontrado el camino para llegar hasta ti».
Nour permaneció en silencio. Aquella frase le gustó, no porque fuera bonita, sino porque era verdadera.
Camilleri tomó el lápiz.
«Con el contexto puedes ayudar al lector. Con el ritmo. Con una pausa. Con una frase que prepare el terreno. Con una nota, si de verdad hace falta».
Levantó el lápiz.
«Pero lo primero que debes hacer es respetar la palabra que tienes delante».
Señaló Amunì.
«No debes protegerla del lector».
Y añadió:
«Debes proteger al lector de tu miedo a no conseguir que la entienda».
Nour sonrió. Le gustaba aquella familiaridad con el Maestro.
«Usted insiste bastante».
«Porque tú insistes en traducirla demasiado».
«No quiero perderla».
Camilleri asintió.
«Entonces no pierdas su fuerza».
Aquella frase quedó suspendida entre ambos.
Nour pensó en las tres orillas. La primera era la memoria. La segunda era la pertenencia. La tercera era el puente. Quizá eso era lo que todavía no había comprendido: la tercera orilla no era un lugar. Era el movimiento entre dos lugares. Era una palabra que partía de una voz y buscaba otra voz.
Era Amunì.
Ven.
Muévete.
Cruza.
Camilleri se quedó un rato mirando la página.
Después dijo:
«¿Sabes qué es lo más difícil, Nour?».
«¿Qué?».
«Que cuando traduces a alguien debes tener el suficiente respeto como para no mejorarlo».
Nour sonrió.
«¿Y si dice una tontería?».
Camilleri soltó una carcajada sonora que llenó toda la habitación.
«¡Entonces traduce también la tontería!».
Por primera vez, Nour lo vio reír de verdad.
Ya no era el gran escritor. Era simplemente un hombre que se divertía con las palabras. Y aquella sencillez la conmovió más que todas las frases sabias.
Camilleri se levantó.
«Ahora faa una cosa».
«¿Qué?».
«No traduzcas todavía».
Nour lo miró, sorprendida.
«¿Y qué hago?».
«Escucha».
«¿Qué?».
«La palabra».
Nour permaneció en silencio.
Fuera, Palermo seguía hablando. Una moto. Un televisor. Un plato colocado sobre una mesa. Una voz que llamaba a alguien desde la calle.
Después, a lo lejos:
«¡Amunì!».
Nour sonrió.
Camilleri se acercó a la ventana.
«Ahí está».
«¿Qué?».
«Ahora la has escuchado».
Nour tomó el lápiz.
Releyó la frase.
Escribió Amunì.
No la encerró entre paréntesis. No buscó una palabra árabe que la volviera dócil. Cambió la frase anterior. Añadió un gesto, una pausa, una respiración. Hizo que se escuchara la voz antes incluso de que llegara la palabra. Después leyó todo en voz alta.
El Maestro escuchó sin interrumpirla.
Cuando Nour terminó, permaneció unos segundos en silencio.
«¿Funciona?», preguntó ella.
Camilleri inclinó la cabeza.
«Funciona porque no me has obedecido».
Nour sonrió.
«No era mi propósito».
«Mejor. Ahora esa palabra puede partir».
«¿Desde dónde?».
«Desde aquí».
Señaló la habitación.
«Y llegar adonde tenga que llegar».
Nour asintió.
«Quizá eso es lo que hacen las palabras».
«¿Qué?».
«Construyen puentes».
Camilleri negó con la cabeza.
«No. Los puentes los construyen los hombres y las mujeres».
Hizo una pausa.
«Las palabras nos enseñan dónde colocarlos».
Nour se rio.
«¿Usted siempre dice cosas así?».
«¿Así cómo?».
«Que parecen respuestas, pero en realidad abren otras preguntas».
Camilleri permaneció un momento en silencio. Después sonrió.
«Será la edad».
«No».
Nour lo miró.
«Es la sabiduría, la cultura».
Camilleri negó con la cabeza.
«La cultura es una palabra muy grande. Yo solo he tenido mucho tiempo para leer, escuchar y equivocarme».
Aquella fue la frase que Nour recordó durante más tiempo.
No una lección. No una sentencia. Simplemente un hombre que admitía haberse equivocado. Quizá aquella era la verdadera sabiduría: no tener siempre razón, sino saber cuánto cuesta haber creído que uno la tenía.
El Maestro apagó el cigarrillo en el único cenicero de la habitación. Lentamente, se dirigió hacia la puerta.
Se detuvo.
«Nour».
Ella levantó la mirada.
«Cuando se traduce a una persona, nunca se traduce únicamente lo que dice».
«¿Y qué debo traducir?».
Camilleri la miró durante un largo rato.
«El derecho que tiene a decirlo de esa manera».
«Y recuerde otra cosa».
«¿Qué?».
«Una palabra poderosa no te dice solamente dónde estás».
Hizo una pausa.
«Te pregunta adónde quieres ir».
Y pronunció en voz baja:
«Amunì».
Cuando Nour volvió a levantar los ojos, él ya no estaba.
No se oyó ninguna puerta. Ningún paso en el pasillo. Ninguna voz. Solo el ruido de la calle.
Nour permaneció inmóvil durante unos segundos. Miró la mesa. La hoja seguía allí. La palabra siciliana seguía allí. Y, junto al texto, en el cenicero, había un cigarrillo apagado.
Nour lo observó. No recordaba haber visto a Camilleri encenderlo. La ceniza seguía intacta.
Por un momento pensó en tocarlo.
En su lugar, tomó el lápiz y, en el espacio en blanco que quedaba en el texto, escribió la palabra… amunì.
Una palabra que su madre había pronunciado mil veces. Una palabra que no tenía un equivalente exacto en su lengua. Y la dejó allí porque por fin había comprendido que respetar una lengua también significa permitirle, de vez en cuando, no explicarse.
Cerró el cuaderno.
Tres orillas. La primera era la memoria. La segunda era la pertenencia. La tercera era el puente.
Y quizá la fuerza de las palabras residía precisamente ahí: en que pueden conservar una voz mientras cruzan el mar. En que pueden llevar a una persona hasta la orilla de otra sin pedirle que abandone la suya.
Nour apagó la luz. En la habitación, ya vacía, solo quedaron la hoja, la palabra árabe y el cenicero. El cigarrillo estaba frío.
Nour se quedó en la puerta y se volvió una última vez. Por un instante le pareció que del cenicero todavía ascendía un hilo de humo.
Sonrió.
«Amunì», dijo en voz baja.
Y salió.
Dejando abierta, tras de sí, la puerta de la biblioteca.
Lo que es real
Andrea Camilleri es real, y su obra está profundamente vinculada a la lengua, la memoria y la mezcla de registros lingüísticos que caracteriza su universo narrativo.
Driss Chraïbi también es real y fue un escritor marroquí en lengua francesa. Su obra abordó cuestiones relacionadas con la identidad, la memoria, la lengua y las relaciones entre culturas.
La referencia a Camilleri y Chraïbi como escritores «con los pies en la misma bañera» es real: una imagen que pretende evocar el Mediterráneo como un espacio compartido de lenguas, memorias y travesías.
La Kalsa es un barrio histórico de Palermo, un lugar real atravesado desde hace siglos por lenguas, culturas e historias diferentes.
Lo que hemos imaginado
Nour es un personaje de ficción. El encuentro entre Nour y Andrea Camilleri en la biblioteca de la Kalsa es fruto de nuestra imaginación narrativa, al igual que sus diálogos.
Las palabras que Camilleri pronuncia en esta historia no son citas reales. Son palabras que hemos imaginado para dar voz, a través de la ficción, a una reflexión sobre la lengua, la traducción y el derecho de cada persona a llevar consigo su propia orilla.
Porque esta historia es inventada, pero las preguntas que plantea son verdaderas.
Los demás posibles referentes a hechos y personajes son puramente casuales; en definitiva, inventados de raíz.
ITALIANO
Nour diceva di essere una traduttrice di tre rive. La prima era quella da cui veniva sua madre, una riva che Nour aveva conosciuto prima ancora di conoscerne il nome: nelle parole dell’infanzia, negli odori della cucina, nelle telefonate dei parenti, nelle fotografie conservate in fondo a un cassetto. La seconda era la Sicilia, la riva sulla quale era cresciuta e dove aveva imparato che anche una lingua può avere un carattere, un’umoralità, perfino un odore. La terza non compariva su nessuna carta geografica: era quella che nasce quando due persone cercano di capirsi senza chiedere all’altra di diventare uguale a loro.
Quella era la riva più difficile da raggiungere.
Nour lavorava come traduttrice dall’italiano all’arabo. Quella sera, nella biblioteca della Kalsa, stava preparando un brano di Andrea Camilleri per un laboratorio bilingue. Il testo sarebbe stato letto prima in italiano e poi in arabo, davanti a un piccolo gruppo di persone che abitavano a Palermo da anni, ma che non avevano tutte la stessa lingua alle spalle.
C’erano donne tunisine, ragazzi nati a Palermo da famiglie egiziane, un pensionato che aveva lavorato al porto, due studentesse e una signora di Bagheria che aveva deciso di imparare l’arabo dopo i sessant’anni.
«Per capire meglio le vicine», aveva detto.
Nour non aveva avuto il coraggio di dirle che le vicine parlavano già quattro lingue e capivano tutto, anche quando facevano finta di no.
Era quasi sera. La biblioteca aveva chiuso al pubblico, ma Nour era rimasta a lavorare. Dalla finestra aperta entravano il rumore delle stoviglie, qualche clacson, una televisione accesa troppo forte e la voce di un venditore di panelle. Palermo non smetteva mai di parlare davvero. Cambiava soltanto il volume. Nour aveva lasciato una parola in mezzo alla pagina per quattro giorni. Non l’aveva tradotta, non l’aveva cancellata, non l’aveva nemmeno cerchiata. Le aveva costruito attorno una specie di silenzio, come si fa con una persona che entra in una stanza e non si sa ancora se verrà a chiedere scusa o a litigare.
La parola era Amunì.
Sul dizionario poteva sembrare semplice: andiamo, dai, su. Ma Nour sapeva che non era così. Amunì cambiava con la voce. Poteva essere un invito o un rimprovero, impazienza o complicità, incoraggiamento o affetto. Poteva voler dire: vieni. Oppure: muoviti. Oppure ancora: non restare lì da solo.
Non era soltanto una parola. Era un gesto. Una parola che faceva muovere le persone.
Nour la conosceva da sempre. L’aveva sentita nei cortili, nelle cucine, sulle strade, nelle voci delle donne che chiamavano i figli e in quelle degli uomini che si salutavano sulla porta di un bar. Ma adesso doveva portarla in un’altra lingua. E aveva paura di perderla durante il viaggio.
Stava rileggendo la frase quando sentì una voce alle sue spalle.
«Se l’ha lasciata lì quattro giorni, quella parola si sarà già convinta di comandare il testo.»
Nour si voltò.
L’uomo era seduto al tavolino sotto alla finestra, come se fosse arrivato da un punto del libro che lei non aveva ancora tradotto.
Giacca scura, occhiali, una sigaretta tra le dita e un volto in cui l’ironia non cancellava la stanchezza, ma la teneva a bada. Nour lo riconobbe.
«Lei è Andrea Camilleri?»
«Stasera sì. Domani vedremo.»
Nour lo fissò.
«Ma lei è morto.»
«Questo non impedisce a una persona di avere opinioni sulle parole.»
Nour scoppiò a ridere.
«Non è una parola qualsiasi.»
Camilleri si avvicinò al foglio.
«Lo vedo.»
«È Amunì.»
Camilleri la pronunciò piano.
«Amunì.»
Per un istante Nour ebbe l’impressione che la parola avesse cambiato peso.
«Che cosa vuole metterci al suo posto?» chiese lui.
«Dipende dal contesto.»
«Bene. Qual è il contesto?»
Nour gli lesse la frase. Camilleri ascoltò.
«E allora?»
«Potrei tradurla con “andiamo”.»
«Potrebbe.»
«”Dai”.»
«Potrebbe.»
«”Su”.»
Camilleri fece una smorfia.
«E nessuna delle tre è veramente Amunì.»
Nour sospirò.
«È proprio questo il problema.»
Camilleri indicò il foglio.
«Sa qual è il problema delle parole?»
Nour scosse la testa.
«Che noi crediamo di possederle perché le abbiamo imparate. E invece sono loro che possiedono noi.»
Indicò Amunì.
«Questa non significa soltanto “andiamo”. Dipende da come la dice. Può essere una spinta, una protesta, una carezza. Può essere un ordine o un invito.»
Nour lo ascoltava.
«Una parola», continuò il Maestro, «non è una vite che deve entrare nel posto giusto. Una parola viene da qualcuno e quando viene da qualcuno porta con sé una storia.»
Indicò ancora il foglio.
«Questa è Sicilia. È strada. È famiglia. È memoria.»
Nour abbassò gli occhi.
«Ma chi non conosce il siciliano rischia di non capire.»
«E perché deve capire tutto immediatamente?»
«Perché se non capisce, si sente escluso.»
Camilleri la guardò.
«E se gli togliamo la parola, che cosa facciamo? Lo includiamo?»
Nour non rispose.
«No», disse lui. «Gli insegniamo che per essere accolto deve trovare davanti a sé una lingua già addomesticata.»
Si sporse leggermente verso di lei.
«Una lingua non è soltanto un codice. È memoria. È appartenenza. È il modo con cui una comunità riconosce se stessa. Se ogni volta che qualcuno arriva da fuori noi gli togliamo le parole che non conosce, non gli stiamo aprendo una porta. Gli stiamo dicendo che può entrare soltanto dopo aver lasciato qualcosa fuori.»
Nour sentì quella frase arrivarle addosso.
«Ma allora cosa dovrei fare?»
«Resistere, Nour. Re – sis – te – re.»
Il Maestro scandí bene le sillabe.
«A cosa?»
«Alla tentazione di rendere tutto uguale, di abbassarsi al conformismo linguistico, alla banalità dell’omologazione.»
Camilleri socchiuse leggermente gli occhi, il fumo della sigaretta gli era entrato negli occhi. Poi continuò:
«Il traduttore non deve cancellare la distanza. Deve renderla attraversabile.»
Nour lo guardò.
«Un ponte.»
«Esatto.»
Camilleri sorrise appena.
«Ma si ricordi sempre una cosa: un ponte serve perché esistono due rive. Se cancella una delle due, non ha più costruito un ponte. Ha semplicemente spianato la strada.»
Nour rimase in silenzio. Poi Camilleri guardò di nuovo il foglio.
«Sa chi mi sarebbe piaciuto avere qui, stasera?»
«Chi?»
«Chraïbi. Sa chi è?»
Nour sorrise.
«Davvero lo considerava suo fratello?»
Camilleri fece un piccolo gesto con la mano.
«Fratello è parola grossa. Diciamo che ci bagnavamo i piedi nella stessa acqua.»
«Il Mediterraneo?»
«Proprio quello. Io di qua, lui di là. Ma scrivevamo con i piedi nella stessa vasca da bagno.»
Nour rise.
«È una bella immagine.»
«Non è un’immagine. È il Mediterraneo.»
Camilleri guardò verso la finestra. Per un momento sembrò seguire con gli occhi qualcosa molto lontano.
«Una vasca grande, però. E certe volte amara assai.»
Nour non disse nulla.
«Ci sono povirazzi che partono pensando di trovare una sponda e invece trovano il mare. Partono per un pezzo di pane, per un lavoro, per poter campare. E il mare se li piglia.»
La voce di Camilleri si era fatta più bassa.
«E noi continuiamo a chiamarle rive, come se bastasse arrivarci per essere salvi.»
Nour guardò il foglio. Camilleri tornò a indicare Amunì.
«Ecco perché le parole sono importanti. Perché almeno loro possono passare da una sponda all’altra senza annegare.»
Nour lo guardò.
«Le parole non muoiono?»
«Certo che muoiono. Ma quando qualcuno le ascolta, qualche volta tornano a galla.»
Poi, il Maestro, rimase per qualche secondo in silenzio.
«E c’è un’altra maniera in cui una parola può morire.»
Nour aspettò.
«Quando smettiamo di pronunciarla perché ci vergogniamo di quello che racconta.»
Nour lo guardò.
Camilleri continuò:
«Ci sono parole che una persona porta addosso come porta il proprio nome. Parole della madre. Parole della casa. Parole che ha sentito da bambino e che magari non usa per anni, poi basta che qualcuno le dica nel modo giusto e ti ritrovi di colpo nella cucina di tua madre.»
Nour abbassò gli occhi.
«Le parole ci rappresentano?»
«Alcune sì.»
Camilleri si toccò appena il petto.
«Ci sono parole che non descrivono chi siamo. Ci tengono insieme.»
Nour rimase in silenzio.
«E quando una lingua viene tradotta», continuò Camilleri, «bisogna stare attenti a non portare via proprio quelle.»
«Come si riconoscono?», chiese Nour.
«Non sempre si riconoscono. È questo il guaio.»
Poi prese il foglio.
«A volte sono le parole più piccole. Quelle che sembrano scemenze. Quelle che non entrano nei discorsi importanti. Un modo di salutare. Un’imprecazione. Un soprannome. Una parola che tua madre diceva quando avevi fatto una cosa buona e un’altra quando avevi combinato un guaio.»
Nour sorrise.
«Come Amunì.»
«Anche.»
Camilleri indicò la parola.
«Ma non perché sia una parola speciale in sé. Perché dentro una parola così piccola può esserci un mondo intero.»
Nour pensò alla voce di sua madre.
A certe parole arabe che non aveva mai tradotto perché, in fondo, non aveva mai sentito il bisogno di farlo.
Le erano bastate così.
Camilleri la osservò.
«Vede, Nour, noi crediamo che le parole servano a dire le cose.»
Fece una pausa.
«Qualche volta servono a non perderle.»
Quella frase rimase a lungo nella stanza.
«Ecco perché non devono morire», disse Nour.
Camilleri annuì.
«Sì. Ma non deve salvarle mettendole sotto vetro.»
«Cosa devo fare allora?»
«Debe farle vivere.»
«E come?»
«Usarle. Ascoltarle. Lasciarle cambiare senza farle vergognare di quello che sono state.»
Indicò di nuovo la pagina.
«Una parola non è un reperto archeologicom ma è una creatura viva. Se la porta in un’altra lingua, non deve imbalsamarla.»
Nour sorrise.
«Questa è una cosa molto da traduttore.»
«No.»
Camilleri si alzò sulle sue deboli gambe.
«Questa è una cosa da umani.»
E per un momento restò in silenzio.
Poi indicò nuovamente il foglio.
«Le parole identitarie sono fragili. Basta poco per svuotarle. Una traduzione troppo liscia, una spiegazione messa nel posto sbagliato, una parola sostituita per comodità. E all’improvviso quella persona parla come chiunque altro.»
A Nour le venne in mente sua madre. Alle volte in cui qualcuno aveva pronunciato male il suo nome e lei aveva sorriso per non mettere in imbarazzo l’interlocutore.
Pensò a quante volte lei stessa aveva tradotto per sua madre, cercando di rendere le sue frasi più brevi, più ordinate, più italiane. Forse, senza accorgersene, aveva cercato di renderla più facile agli altri.
«Mia madre una volta mi ha detto: “Non farmi diventare italiana quando traduci quello che dico”.»
Camilleri sorrise.
«Brava donna.»
«Io allora mi ero offesa.»
«Perché?»
«Pensavo di aiutarla.»
«Magari la aiutava troppo.»
Nour abbassò gli occhi.
Era una frase semplice. Eppure le fece male.
«Questo è il suo lavoro.»
«Cosa?»
«Non aiutare troppo.»
Nour rise.
«È un lavoro complicato.»
«Le cose importanti lo sono quasi sempre.»
Poi Camilleri tornò a guardare la parola.
«Tu pensi che tradurre significhi portare una parola dall’altra parte.»
«Non è così?»
«Noooo.»
Camilleri indicò ancora la pagina.
«Significa convincere chi sta su una riva che vale la pena attraversare il fiume.»
Nour rimase immobile.
«E se dall’altra parte non capiscono?»
«Allora li aiuti.»
«Con una nota?»
«Se serve.»
«E se mettessi una spiegazione tra parentesi?»
Camilleri la guardò perplesso.
«Nour, babbia.»
La ragazza accennò un sorriso.
«Non sto babbiando.»
«Un poco sì, mi pare.»
«Perché?»
«Perché ogni volta che ha paura che una parola non venga capita, le mette una stampella.»
Nour sorrise.
«E che male c’è?»
«Che poi la parola impara a camminare con la stampella e non cammina più da sola.»
Nour lo guardò.
«Lei dice cose strane.»
Camilleri alzò un sopracciglio. E cambiò tono:
«Talìa, Nour: non tutte le cose che non capisci sono scemenze.»
Poi indicò il foglio.
«A volte sono soltanto parole che non hanno ancora trovato la strada per arrivare fino a te.»
Nour rimase in silenzio. Quella frase le piacque, non perché fosse bella ma perché era vera. Camilleri prese la matita.
«Con il contesto puoi aiutare il lettore. Con il ritmo. Con una pausa. Con una frase che prepari il terreno. Con una nota, se serve davvero.»
Sollevò la matita.
«Ma la prima cosa che devi fare è rispettare la parola che hai davanti.»
Indicò Amunì.
«Non devi proteggerla dal lettore.» E aggiunse:
«Devi proteggere il lettore dalla tua paura di non riuscire a fargliela capire.»
Nour sorrise. Le piaceva questa confidenza con il Maestro.
«Lei insiste parecchio.»
«Perché tu insisti a volerla tradurre troppo.»
«Non voglio perderla.»
Camilleri annuì.
«Allora non perderne la forza.»
Quella frase rimase sospesa tra loro. Nour pensò alle tre rive. La prima era la memoria. La seconda era l’appartenenza. La terza era il ponte. Forse era questo che ancora non aveva capito: la terza riva non era un luogo. Era il movimento tra due luoghi. Era una parola che partiva da una voce e cercava un’altra voce. Era Amunì.
Vieni.
Muoviti.
Attraversa.
Camilleri rimase per un po’ a guardare la pagina.
Poi disse:
«Sai qual è la cosa più difficile, Nour?»
«Quale?»
«Che quando traduci qualcuno devi avere abbastanza rispetto per non migliorarlo.»
Nour sorrise.
«E se dice una scemenza?»
Camilleri liberò una risata piena che invase tutta la stanza.
«Allora traduci pure la scemenza.»
Per la prima volta Nour lo vide ridere davvero.
Non era più il grande scrittore. Era semplicemente un uomo che si divertiva con le parole. E quella semplicità la commosse più di tutte le frasi sagge.
Camilleri si alzò.
«Adesso faa una cosa.»
«Cosa?»
«Non tradurre ancora.»
Nour lo guardò sorpresa.
«E cosa faccio?»
«Ascolta.»
«Cosa?»
«La parola.»
Nour rimase in silenzio. Fuori, Palermo continuava a parlare. Un motorino. Una televisione. Un piatto appoggiato su un tavolo. Una voce che chiamava qualcuno dalla strada. Poi, lontano:
«Amunì!»
Nour sorrise.
Camilleri si avvicinò alla finestra.
«Ecco.»
«Cosa?»
«Adesso l’hai sentita.»
Nour prese la matita.
Rilesse la frase.
Scrisse Amunì.
Non la chiuse tra parentesi. Non cercò una parola araba che la rendesse docile. Cambiò la frase precedente. Aggiunse un gesto, una pausa, un respiro. Fece sentire la voce prima ancora che arrivasse la parola. Poi lesse tutto ad alta voce. Il maestro ascoltò senza interromperla. Quando Nour finì, rimase qualche secondo in silenzio.
«Funziona?» chiese lei.
Camilleri inclinò la testa.
«Funziona perché non mi hai obbedito.»
Nour sorrise.
«Non era il mio proposito.»
«Meglio. Adesso quella parola può partire.»
«Da dove?»
«Da qui.»
Indicò la stanza.
«E arrivare dove deve.»
Nour annuì.
«Forse è questo che fanno le parole.»
«Cosa?»
«Costruiscono ponti.»
Camilleri scosse la testa.
«No. I ponti li costruiscono gli uomini e le donne.»
Fece una pausa.
«Le parole ci insegnano dove metterli.»
Nour rise.
«Lei dice sempre cose così?»
«Così come?»
«Che sembrano risposte e invece aprono altre domande.»
Camilleri rimase un momento in silenzio. Poi sorrise.
«È l’età.»
«No.»
Nour lo guardò.
«È la saggezza, la cultura.»
Camilleri scosse la testa.
«La cultura è una parola grande. Io ho soltanto avuto molto tempo per leggere, ascoltare e sbagliare.»
Quella fu la frase che Nour ricordò più a lungo.
Non una lezione. Non una sentenza. Soltanto un uomo che ammetteva di aver sbagliato. Forse era quella la vera saggezza: non avere sempre ragione, ma sapere quanto costa aver creduto di averla. Il maestro spense la sigaretta nell’unico portacenere presente nella stanza. Lentamente si avviò verso la porta. Si fermò.
«Nour.»
Lei alzò gli occhi.
«Quando si traduce una persona, non si traduce mai soltanto quello che dice.»
«E cosa devo tradurre?»
Camilleri la guardò a lungo.
«Il diritto che ha di dirlo in quel modo.»
«E si ricordi un’altra cosa.»
«Cosa?»
«Una parola forte non ti dice soltanto dove sei.»
Fece una pausa.
«Ti chiede dove vuoi andare.»
E pronunciò piano:
«Amunì.»
Quando Nour rialzò gli occhi, lui non c’era più.
Non si sentì nessuna porta. Nessun passo nel corridoio. Nessuna voce. Soltanto il rumore della strada. Nour rimase immobile per qualche secondo. Guardò il tavolo, il foglio era lì. La parola siciliana era ancora lì. E accanto al testo, nel posacenere, c’era una sigaretta spenta. Nour la osservò. Non ricordava di aver visto Camilleri accenderla. La cenere era ancora intatta. Per un momento pensò di toccarla.
Prese invece la matita nel punto in cui il testo lasciava uno spazio bianco, scrisse la parola… amunì.
Una parola che sua madre aveva pronunciato mille volte. Una parola che non aveva un equivalente esatto nella sua lingua. E la lasciò lì perché aveva finalmente compreso che rispettare una lingua significa anche permetterle, qualche volta, di non spiegarsi.
Chiuse il quaderno. Tre rive. La prima era la memoria. La seconda era l’appartenenza. La terza era il ponte. E forse la forza delle parole stava proprio lì: nel fatto che possono conservare una voce mentre attraversano il mare. Nel fatto che possono portare una persona fino alla riva di un’altra senza chiederle di lasciare la propria.
Nour spense la luce. Nella stanza ormai vuota rimasero soltanto il foglio, la parola araba e il posacenere. La sigaretta era fredda. Nour rimase sulla porta, si voltò un’ultima volta. Per un istante le sembrò che dal posacenere salisse ancora un filo di fumo.
Sorrise. «Amunì», disse piano.
E uscì.
Lasciando aperta, dietro di sé, la porta della biblioteca.
Ciò che è reale
Andrea Camilleri è reale, la sua opera è reale e profondamente legata alla lingua, alla memoria e alla mescolanza di registri linguistici che caratterizza il suo universo narrativo. Anche Driss Chraïbi è reale ed è stato uno scrittore marocchino di lingua francese. La sua opera ha attraversato temi legati all’identità, alla memoria, alla lingua e al rapporto tra culture. Il riferimento a Camilleri e Chraïbi come scrittori «con i piedi nella stessa vasca da bagno» è reale: un’immagine che vuole evocare il Mediterraneo come spazio condiviso di lingue, memorie e attraversamenti.La Kalsa è un quartiere storico di Palermo, luogo reale e da secoli attraversato da lingue, culture e storie diverse.
Ciò che abbiamo immaginato
Nour è un personaggio di fantasia. L’incontro tra Nour e Andrea Camilleri nella biblioteca della Kalsa è frutto della nostra immaginazione narrativa, così come i loro dialoghi. Le parole che Camilleri pronuncia nella storia non sono citazioni reali, sono parole che abbiamo immaginato per dare voce, attraverso la finzione, a una riflessione sulla lingua, sulla traduzione e sul diritto di ogni persona a portare con sé la propria riva. Perché questa storia è inventata, ma le domande che pone sono vere. Altri riferimenti a fatti e personaggi sono puramente casuali, insomma, inventati di ràdica.

