Pietro Pomponazzi
El filósofo que no temía a los demonios
Il filosofo che non temeva i demoni
ESPAÑOL
Hace cinco siglos, un profesor de Bolonia se atrevió a preguntar si los demonios hacían falta para explicar los prodigios. Su respuesta sigue sorprendiendo hoy.
Un aristotélico incómodo
Pietro Pomponazzi nació en Mantua en 1462 y murió en 1525. Se formó en la Universidad de Padua, donde se graduó en artes en 1487 y luego se doctoró en medicina. Enseñó filosofía durante más de tres décadas en las universidades de Padua, Ferrara y sobre todo Bolonia, esta última hasta su muerte.
Como miembro de la escuela aristotélica, pretendía aplicar hasta sus últimas consecuencias los postulados de la misma, aunque ello le llevara al enfrentamiento con la Iglesia.
Así, en 1516, su nombre saltó a la fama tras publicar su Tratado sobre la inmortalidad del alma, en el que afirmaba que, si se razona solo con Aristóteles y con los datos naturales, el alma humana depende del cuerpo y muere con él. La inmortalidad, venía a decir, es una verdad de fe, no una conclusión filosófica.
De esta manera contradecía lo establecido en el V Concilio de Letrán donde se prohibía a los filósofos decir que el alma humana era mortal.
La reacción fue inmediata y virulenta: ataques desde el púlpito y de otros colegas, quema pública de ejemplares en Venecia, y aunque se le acusó de herejía, nunca fue juzgado, quizás porque contaba con la protección del influyente Pietro Bembo, secretario del papa León X.
Además, replicó a sus censores con dos libros más, una Apología (1518) y un Defensorio (1519), y siguió enseñando.
Lejos de callarse, escribió al año siguiente su obra más audaz.
Un curandero, un tamiz que se mueve y una pregunta incómoda
En 1520, como respuesta a una carta del médico mantuano Ludovico Panizza, amigo suyo, nació el tratado Sobre los ensalmos (De incantationibus).
En la carta, el médico Panizza le pedía que le explicara desde el aristotelismo unos casos extraños que había presenciado: un hombre había curado a un niño con erisipela y a otro con quemaduras «únicamente con palabras y ensalmos», había sacado un hierro clavado que ningún cirujano logró extraer y había hecho moverse un tamiz sin tocarlo.
¿Cómo explicar todo eso?
La respuesta habitual entonces eran los demonios, pero Pomponazzi articuló otra muy distinta.
Su argumentación era muy simple: si un fenómeno puede explicarse por causas naturales, no hay por qué recurrir a seres invisibles: «los demonios se postulan en vano».
Y añade: «es ridículo y completamente insensato abandonar lo manifiesto y lo que es posible demostrar mediante la razón natural y buscar lo que no es evidente».
En lugar de demonios, Pomponazzi propone causas naturales que el vulgo no ve. Hay hierbas, piedras y animales con propiedades ocultas, como la rémora, a la que se atribuía la capacidad de detener un navío, o el pez torpedo, que paraliza a quien lo toca.
Lo que la gente no sabe explicar lo atribuye a «obra de Dios, de los ángeles o de los demonios».
Hay también personas dotadas por naturaleza de virtudes curativas, igual que ciertas plantas. Y, sobre todo, está la fuerza de la imaginación y de la confianza: el enfermo que cree firmemente en quien lo cura puede sanar por esa misma fe.
Hoy lo llamaríamos efecto placebo.
Pomponazzi no era un escéptico simplista. No admitía que todos los prodigios fueran inventos de sacerdotes o trucos de charlatanes, porque eso era generalizar sin fundamento.
Para él, los hechos pueden ser reales, pero sus causas son naturales.
Moderno, pero con las estrellas en el horizonte
De hecho, admite que algunos relatos de milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento podrían explicarse de forma natural, lo mismo que ciertas curaciones atribuidas a promesas y votos, o los estigmas de los santos.
Sin embargo, acepta también que hay milagros sin causa natural que los explique, como la resurrección de Lázaro, y que lo que la Iglesia determina como milagroso hay que defenderlo «con firmeza».
Pero cuando, tras exponer la explicación natural de los estigmas, concluye que la respuesta de la fe es «mejor y más piadosa», el lector atento percibe el guiño: más piadosa no significa más convincente.
Sus contemporáneos lo entendieron así. El tratado circuló manuscrito, no se imprimió hasta 1556, ya muerto su autor, y hacia la década de 1570 acabó en el Índice de libros prohibidos.
Ahora bien, conviene no convertirlo en un científico de hoy.
El lugar que dejan vacío los demonios lo ocupan los astros. Para Pomponazzi, siguiendo a Aristóteles, Dios «nada puede llevar a cabo en este mundo sublunar sino sirviéndose de los cuerpos celestes como instrumentos».
Los cielos explican las profecías, los sueños premonitorios, los dones extraordinarios de ciertos hombres y, en la parte final del tratado, incluso el nacimiento, el auge y la decadencia de las religiones, que siguen los ciclos de la naturaleza.
Es una explicación natural, sí, pero de una naturaleza gobernada por las estrellas.
Ahí reside su interés para nosotros.
Pomponazzi no tiene aún nuestras respuestas, pero ya se plantea preguntas tan actuales como esta: ¿qué explicación exige menos supuestos y se ajusta mejor a la experiencia?
En un tiempo en que la demonología era doctrina respetable y pronto daría paso a la caza de brujas, un profesor de Bolonia se atrevió a decir que los demonios sobraban.
Que pusiera en su lugar a los astros nos recuerda que la modernidad no llegó de golpe, sino por caminos tan sinuosos como el suyo.
Para saber más: Craig Martin, «Pietro Pomponazzi», Stanford Encyclopedia of Philosophy.
Las citas del De incantationibus proceden de la traducción española en preparación de Cristóbal Macías Villalobos.
ITALIANO
Cinque secoli fa, un professore di Bologna osò chiedersi se i demoni fossero davvero necessari per spiegare i prodigi. La sua risposta continua ancora oggi a sorprendere.
Un aristotelico scomodo
Pietro Pomponazzi nacque a Mantova nel 1462 e morì nel 1525. Si formò all’Università di Padova, dove si laureò in arti nel 1487 e conseguì successivamente il dottorato in medicina. Insegnò filosofia per oltre trent’anni nelle università di Padova, Ferrara e soprattutto Bologna, dove rimase fino alla morte.
Come esponente della scuola aristotelica, intendeva applicare fino alle estreme conseguenze i principi di Aristotele, anche quando ciò lo portava a scontrarsi con la Chiesa.
Nel 1516, il suo nome divenne celebre dopo la pubblicazione del Trattato sull’immortalità dell’anima, nel quale sosteneva che, ragionando esclusivamente a partire da Aristotele e dai dati naturali, l’anima umana dipende dal corpo e muore con esso. L’immortalità, in altre parole, è una verità di fede, non una conclusione a cui si può giungere attraverso la filosofia.
In questo modo, contraddiceva quanto stabilito dal V Concilio Lateranense, che vietava ai filosofi di affermare che l’anima umana fosse mortale.
La reazione fu immediata e violenta: Pomponazzi fu attaccato dal pulpito e da altri colleghi, mentre alcune copie del suo libro vennero bruciate pubblicamente a Venezia. Sebbene fosse accusato di eresia, non fu mai processato, forse grazie alla protezione dell’influente Pietro Bembo, segretario di papa Leone X
Inoltre, rispose ai suoi censori con altri due libri, un’Apologia (1518) e un Difensorio (1519), continuando nel frattempo a insegnare.
Lungi dal tacere, l’anno successivo scrisse la sua opera più audace.
Un guaritore, un setaccio che si muove e una domanda scomoda
Nel 1520, in risposta a una lettera del medico mantovano Ludovico Panizza, suo amico, nacque il trattato Sugli incantesimi (De incantationibus).
Nella lettera, il medico chiedeva a Pomponazzi di spiegare, sulla base dell’aristotelismo, alcuni casi straordinari a cui aveva assistito: un uomo aveva curato un bambino affetto da erisipela e un altro con ustioni «soltanto con parole e formule magiche»; aveva estratto un pezzo di ferro conficcato nel corpo che nessun chirurgo era riuscito a rimuovere e aveva fatto muovere un setaccio senza toccarlo.
Come spiegare tutto questo?
La risposta più comune all’epoca era che si trattasse dell’opera dei demoni. Pomponazzi elaborò, invece, una spiegazione molto diversa.
Il suo ragionamento era semplice: se un fenomeno può essere spiegato attraverso cause naturali, non c’è motivo di ricorrere a esseri invisibili. «I demoni vengono postulati inutilmente».
E aggiunge: «È ridicolo e completamente insensato abbandonare ciò che è manifesto e ciò che può essere dimostrato attraverso la ragione naturale per cercare ciò che non è evidente».
Al posto dei demoni, Pomponazzi propone cause naturali che la gente comune non conosce. Esistono erbe, pietre e animali dotati di proprietà nascoste, come la remora, a cui si attribuiva la capacità di fermare una nave, o la torpedine, capace di paralizzare chi la tocca.
Ciò che le persone non riescono a spiegare viene attribuito all’«opera di Dio, degli angeli o dei demoni».
Esistono inoltre individui dotati per natura di particolari capacità curative, proprio come alcune piante possiedono proprietà specifiche. E, soprattutto, esistono la forza dell’immaginazione e quella della fiducia: un malato che crede fermamente nella persona che lo cura può guarire proprio grazie a questa convinzione.
Oggi parleremmo di effetto placebo.
Pomponazzi non era uno scettico semplicistico. Non sosteneva che tutti i prodigi fossero invenzioni dei sacerdoti o trucchi dei ciarlatani, perché sarebbe stato un modo di generalizzare senza prove sufficienti.
Per lui, i fenomeni potevano essere reali, ma le loro cause erano naturali.
Moderno, ma con le stelle all’orizzonte
Pomponazzi ammette, infatti, che alcuni racconti di miracoli dell’Antico e del Nuovo Testamento potrebbero essere spiegati in termini naturali. Lo stesso vale per alcune guarigioni attribuite a promesse e voti religiosi, così come per le stigmate dei santi.
Tuttavia, riconosce anche l’esistenza di miracoli per i quali non è possibile individuare una causa naturale, come la resurrezione di Lazzaro, e sostiene che ciò che la Chiesa riconosce come miracoloso debba essere difeso «con fermezza».
Eppure, quando, dopo aver esposto una spiegazione naturale delle stigmate, conclude che la risposta della fede è «migliore e più pia», il lettore attento percepisce una sottile allusione: dire che una spiegazione è più pia non significa necessariamente affermare che sia più convincente.
I suoi contemporanei lo intuirono. Il trattato circolò in forma manoscritta e fu pubblicato soltanto nel 1556, dopo la morte del suo autore. Intorno agli anni Settanta del Cinquecento finì nell’Indice dei libri proibiti.
Non bisogna, tuttavia, trasformare Pomponazzi in uno scienziato contemporaneo.
Il posto lasciato vuoto dai demoni viene occupato dagli astri. Seguendo Aristotele, Pomponazzi sosteneva che Dio «non può compiere nulla in questo mondo sublunare se non servendosi dei corpi celesti come strumenti».
I cieli diventano così la spiegazione delle profezie, dei sogni premonitori e dei doni straordinari di alcuni individui. Nella parte finale del trattato, persino la nascita, l’ascesa e il declino delle religioni vengono ricondotti ai cicli della natura.
Si tratta certamente di una spiegazione naturale, ma di una natura governata dalle stelle.
È proprio qui che risiede il suo interesse per noi.
Pomponazzi non dispone ancora delle risposte che abbiamo oggi, ma si pone già domande estremamente attuali, come questa: quale spiegazione richiede meno presupposti e si adatta meglio all’esperienza?
In un’epoca in cui la demonologia era considerata una dottrina rispettabile e che avrebbe presto alimentato la caccia alle streghe, un professore di Bologna osò affermare che i demoni non erano necessari.
Il fatto che abbia collocato al loro posto gli astri ci ricorda che la modernità non è arrivata tutta in una volta, ma attraverso percorsi tortuosi come quello da lui seguito.
Per approfondire: Craig Martin, «Pietro Pomponazzi», Stanford Encyclopedia of Philosophy.
Le citazioni dal De incantationibus provengono dalla traduzione italiana in preparazione di Cristóbal Macías Villalobos.

