Non sono solo parole
ESPAÑOL
He leído una noticia que, cuanto más lo pienso, más me parece que cuenta algo sobre nosotros.
En 2026, entre las palabras más buscadas en el diccionario de la Treccani se encuentran feminicidio, fake news y maranza. La primera tentación es pensar que son simplemente tres palabras importantes. Pero quizá no sea así.
No buscamos una palabra solo porque sea importante; la buscamos porque se ha vuelto difícil de entender. Y esta, en mi opinión, es una lectura mucho más interesante.
Tomemos feminicidio. No es solamente una palabra que describe el asesinato de una mujer. Indica también una violencia vinculada a su condición de mujer, a dinámicas de posesión, control y sometimiento. Es una palabra que hemos tenido que aprender porque una realidad que existía desde hacía tiempo finalmente ha encontrado un nombre preciso.
Y esto debería hacernos reflexionar. Cuando una sociedad necesita crear una palabra para reconocer una herida, significa que esa herida se ha vuelto lo suficientemente profunda como para no poder seguir siendo ignorada.
La realidad, por desgracia, nos demuestra que, aunque ahora conozcamos su significado, no sabemos cómo desmantelar el problema. Mientras tanto, mujeres de todo el mundo siguen muriendo. Su sacrificio termina adquiriendo el valor de la indiferencia —social y política—, a pesar de los discursos y proclamas de los partidos.
Después están las fake news. Vivimos en la sociedad más informada de la historia. Tenemos noticias, imágenes, vídeos y opiniones al alcance de la mano en cualquier momento. Y, sin embargo, buscamos una expresión que, en el fondo, nos recuerda algo elemental: no todo lo que leemos es verdad.
Es una enorme paradoja, pero quizá la más grande sea que nunca hemos estado tan llenos de información y, al mismo tiempo, tan necesitados de herramientas para orientarnos entre ella. Hoy la mentira ni siquiera tiene que ser especialmente convincente: solo tiene que ser lo suficientemente rápida, lo suficientemente emocional y lo suficientemente compartida.
La tercera palabra es maranza. Una palabra que se ha difundido para referirse, a menudo de manera despectiva, a cierto tipo de joven, de estilo y de comportamiento. Una palabra cargada muchas veces de prejuicios, pero que también cuenta algo que va más allá de su significado: cuenta nuestra necesidad de clasificar, de poner orden, de decidir rápidamente quién es «uno de los nuestros» y quién no.
Conocer a una persona requiere tiempo. Una etiqueta, no. Y quizá tengamos cada vez menos tiempo —o menos ganas— de conocer realmente a los demás.
Tres palabras: feminicidio, fake news y maranza. Sinónimos de violencia, confusión y división.
Lo que me interesa no es tanto saber por qué se han buscado. Es preguntarme por qué necesitamos buscarlas.
Me gustaría que esto fuera compartido por todos. Quizá se han convertido en palabras difíciles. Difíciles de definir, de comprender, pero sobre todo difíciles de afrontar.
Entonces pensé en otra cosa: ¿cuáles son las palabras que ya no buscamos? No porque sean raras, al contrario. Son palabras que conocemos muy bien y, precisamente por eso, hemos dejado de preguntarnos por su significado.
La primera es futuro.
La pronunciamos continuamente, pero ¿cuánto lo imaginamos realmente? Hemos aprendido a planificar el próximo mes, la próxima cuota, las próximas vacaciones, la próxima cita. Pero proyectar un futuro colectivo es otra cosa.
Significa creer que mañana puede ser diferente de hoy y que vale la pena comprometerse para que así sea. Creo que es precisamente esta capacidad la que estamos perdiendo.
Después está responsabilidad.
Una palabra sencilla, pero terriblemente incómoda. Porque responsabilidad significa admitir que la sociedad no es algo que sucede ahí fuera. La sociedad somos nosotros.
Es mucho más tranquilizador pensar que la culpa siempre es de los políticos, de las redes sociales, de los jóvenes, de la escuela, de los padres, del sistema… Tenemos tantos culpables disponibles que, si queremos, podemos pasar toda la vida sin encontrarnos con el nuestro.
La responsabilidad comienza cuando dejamos de preguntar solamente «¿Quién ha sido?» y empezamos a preguntarnos: «¿Qué puedo hacer yo?».
Y después está lealtad.
Quizá la más olvidada de las tres. No la lealtad hacia un equipo, un partido o una persona cuando defenderla nos conviene. La lealtad hacia aquello que decimos creer. Hacia nuestras palabras y hacia los demás. Hacia esos principios que deberían mantenerse en pie incluso cuando no nos aportan ninguna ventaja.
Porque existe una enorme distancia entre lo que decimos ser y lo que somos cuando nadie nos mira. Y precisamente esa distancia dice mucho más de nosotros que cualquier perfil en las redes sociales.
En definitiva, esta pequeña clasificación de la Treccani me parece que cuenta algo mucho más grande. Por un lado están las palabras que buscamos porque el presente nos desorienta. Por otro, aquellas que deberíamos buscar porque el futuro depende de cómo decidamos vivirlas. Las primeras nos hablan de nuestros miedos, nuestras confusiones y nuestras divisiones; las segundas parecen pedirnos que nos miremos al espejo.
El problema no es que hayamos dejado de conocer las palabras. Es que hemos empezado a olvidar el peso de aquellas que ya conocemos. Y esta, quizá, sea la búsqueda que deberíamos hacer más a menudo: no en el diccionario, sino dentro de nosotros mismos.
Y tú, lector, si me lo permites, ¿cuáles son tus palabras? ¿Las que has olvidado o aquellas cuyo significado has olvidado?
ITALIANO
Ho letto una notizia che, più ci penso, più mi sembra raccontare qualcosa di noi.
Nel 2026, tra le parole più cercate sul dizionario Treccani ci sono femminicidio, fake news e maranza. La prima tentazione è pensare che siano semplicemente tre parole importanti. Ma forse non è così.
Non cerchiamo una parola solo perché è importante; la cerchiamo perché è diventata difficile da capire. E questa, secondo me, è una lettura molto più interessante. Prendiamo femminicidio. Non è soltanto una parola che descrive l’uccisione di una donna. Indica una violenza legata anche alla sua condizione di donna, a dinamiche di possesso, controllo e sopraffazione. È una parola che abbiamo dovuto imparare perché una realtà che esisteva da tempo ha finalmente trovato un nome preciso.
E questo dovrebbe farci riflettere. Quando una società ha bisogno di inventare una parola per riconoscere una ferita, significa che quella ferita è diventata abbastanza profonda da non poter più essere ignorata.
La realtà, purtroppo, ci dimostra che nonostante adesso ne conosciamo il significato, non sappiamo come smantellare il problema. E intanto donne di tutto il mondo muoiono. Il loro sacrificio assume il valore dell’indifferenza (sociale e politica), nonostante i proclami partitistici.
Poi ci sono le fake news. Viviamo nella società più informata della storia. Abbiamo notizie, immagini, video e opinioni a portata di mano in ogni momento. Eppure cerchiamo una parola che, in fondo, ci ricorda una cosa elementare: non tutto quello che leggiamo è vero.
È un enorme paradosso, ma quello più grande è che non siamo mai stati così pieni di informazioni e, contemporaneamente, così bisognosi di strumenti per orientarci tra quelle informazioni. La bugia oggi non deve nemmeno essere particolarmente convincente, deve soltanto essere abbastanza veloce, abbastanza emotiva e abbastanza condivisa.
La terza parola è maranza. Una parola che si è diffusa per indicare, spesso in senso dispregiativo, un certo tipo di giovane, di stile e di comportamento. Una parola piena di pregiudizio, spesso, ma anche qui la parola racconta qualcosa che va oltre il suo significato: racconta il nostro bisogno di classificare, di mettere ordine, di decidere rapidamente chi è “uno di noi” e chi non lo è.
Conoscere una persona richiede tempo. Un’etichetta no. E forse abbiamo sempre meno tempo — o voglia — di conoscere davvero.
Tre parole: Femminicidio, Fake news e Maranza. Sinonimo di Violenza, confusione, divisione.
La cosa che mi interessa non è tanto sapere perché siano state cercate. È chiedermi perché abbiamo bisogno di cercarle.
Mi piacerebbe che questo fosse condiviso da tutti. Forse sono diventate parole difficili? Difficili da definire, da comprendere, ma soprattutto difficili da affrontare.
Allora ho pensato a un’altra cosa: quali sono le parole che non cerchiamo più? Non perché siano rare, anzi. Sono parole che conosciamo benissimo, proprio per questo abbiamo smesso di interrogarci sul loro significato.
La prima è futuro.
La pronunciamo continuamente, ma quanto lo immaginiamo davvero? Abbiamo imparato a programmare il prossimo mese, la prossima rata, la prossima vacanza, il prossimo appuntamento. Ma progettare un futuro collettivo è un’altra cosa.
Significa credere che domani possa essere diverso da oggi e che valga la pena impegnarsi perché lo sia. Credo che sia proprio questa capacità che ci sta mancando.
Poi c’è responsabilità.
Una parola semplice, ma terribilmente scomoda. Perché responsabilità significa ammettere che la società non è qualcosa che accade là fuori. La società siamo noi.
È molto più rassicurante pensare che la colpa sia sempre dei politici, dei social, dei giovani, della scuola, dei genitori, del sistema… Abbiamo così tanti colpevoli disponibili che, volendo, possiamo passare tutta la vita senza incontrare il nostro. La responsabilità comincia quando smettiamo di dire soltanto: “Chi è stato?” e iniziamo a chiederci: “Io cosa posso fare?”
E poi c’è lealtà.
Forse la più dimenticata delle tre. Non la lealtà verso una squadra, un partito o una persona, quando difenderla ci conviene. La lealtà verso ciò che diciamo di credere. Verso le nostre parole e verso gli altri. Verso quei principi che dovrebbero rimanere in piedi anche quando non ci portano nessun vantaggio.
Perché c’è una distanza enorme tra quello che diciamo di essere e quello che siamo quando nessuno ci guarda. Proprio quella distanza dice molto più di noi di qualsiasi profilo social.
Insomma: alla fine questa piccola classifica della Treccani mi sembra raccontare qualcosa di più grande. Da una parte ci sono le parole che cerchiamo perché il presente ci disorienta. Dall’altra ci sono quelle che dovremmo cercare perché il futuro dipende da come scegliamo di viverle. Le prime ci parlano delle nostre paure, delle nostre confusioni, delle nostre divisioni; le seconde sembrano chiederci di guardarci allo specchio.
Il problema non è che abbiamo smesso di conoscere le parole. È che abbiamo iniziato a dimenticare il peso di quelle che conosciamo già. E questa, forse, è la ricerca che dovremmo fare più spesso, non sul dizionario ma dentro di noi.
E tu lettore, se posso permettermi, quali sono le tue parole, quelle che hai dimenticato o quelle di cui hai dimenticato il significato?

