Giovanna F. Mazzuca

Cyberpunk: Edgerunners

cuando los ojos recuerdan más de la historia

Quando gli occhi ricordano più della storia

ESPAÑOL

¿Cuántas veces consigue una obra impactarnos antes incluso de contarnos algo de verdad?

Esa fue la pregunta que me hice al ver Cyberpunk: Edgerunners, un anime producido por CD PROJEKT RED y animado por el estudio japonés TRIGGER, disponible en Netflix. Una obra que, al menos en mi caso, ha conseguido algo particular: dejarme una huella sobre todo por su estética, mucho más que por la historia que cuenta.

Ficha de la obra

Título: Cyberpunk: Edgerunners
Creadores: Rafał Jaki y Mike Pondsmith
Producción: CD PROJEKT RED
Estudio de animación: TRIGGER
Dirección: Hiroyuki Imaishi
Guion: Yoshiki Usa y Masahiko Otsuka
Plataforma: Netflix
Año: 2022
Formato: serie de anime, 10 episodios
Género: cyberpunk, ciencia ficción, acción
Ambientación: Night City, universo de Cyberpunk 2077
Temáticas: tecnología, desigualdad social, modificación corporal, identidad, ambición y autodestrucción

Lo primero que llama la atención de Cyberpunk: Edgerunners es, sin duda, Night City. Una ciudad sucia, caótica, superpoblada y constantemente iluminada por letreros de neón, pantallas publicitarias y luces de colores saturados y ácidos. El mundo construido por el anime parece no conocer realmente la oscuridad: incluso la noche está atravesada por una cantidad casi agresiva de colores que transforman las calles en un mosaico de luces, reflejos y sombras.

Es precisamente en el plano visual donde el anime consigue captar más mi atención. Los colores intensos, los contrastes marcados y las animaciones extremadamente dinámicas otorgan a la serie una identidad muy definida. Hay algo en la estética de Edgerunners que me ha hecho volver mentalmente a la cultura mainstream de los años ochenta y noventa: un imaginario retro de neones, colores vivos y cierta exageración de las formas, reinterpretado a través de una animación contemporánea y deliberadamente explosiva.

Cada escena parece querer ocupar la pantalla con su propio movimiento y color.

Y detrás del imaginario cyberpunk de Night City resulta difícil no percibir también una fuerte sensibilidad visual vinculada a la animación japonesa. No solo por el trabajo del estudio TRIGGER, sino también por la manera en que se representa la ciudad: densísima, tecnológica, luminosa, casi asfixiante. Los letreros, las pantallas y las arquitecturas contribuyen a crear una metrópolis que nunca duerme, en la que el futuro no parece algo lejano, sino una presencia constante e invasiva.

Night City, de hecho, no es simplemente el escenario de la historia: es quizá el elemento que más me ha conquistado.

Una ciudad en la que la tecnología, la pobreza, la criminalidad y el poder conviven sin solución de continuidad. Una metrópolis fascinante precisamente porque resulta difícil amarla, capaz de atraer la mirada mientras muestra continuamente lo peligroso que es vivir en ella.

Sin embargo, es aquí donde, para mí, surge la principal limitación de la serie.

Cyberpunk: Edgerunners cuenta una enorme cantidad de cosas en apenas diez episodios y, en mi opinión, no siempre consigue dedicar a cada elemento el tiempo necesario para desarrollarse. David entra rápidamente en el mundo de los edgerunners, conoce a Lucy, se une al equipo y se ve progresivamente involucrado en situaciones cada vez más peligrosas. Mientras tanto, se introducen nuevos personajes, nuevos conflictos y nuevos aspectos del universo de Cyberpunk. El problema es que, a menudo, justo cuando un elemento empieza a requerir más atención, la historia ya ha pasado al siguiente.

Los primeros episodios son los que más me han involucrado. Al principio conseguí adentrarme en el mundo de David y empatizar con los personajes. Sin embargo, a medida que avanza la historia, esa implicación fue disminuyendo. No porque faltaran acontecimientos, sino porque eran tan numerosos y estaban tan próximos entre sí que no me dejaban el tiempo necesario para construir un vínculo real con el grupo.

Los personajes cambian, toman decisiones y afrontan consecuencias cada vez más graves, pero a menudo tuve la sensación de asistir a esas transiciones desde fuera, sin haber tenido tiempo suficiente para vivirlas junto a ellos.

Esto, en mi opinión, debilita especialmente los momentos dramáticos. La serie aumenta continua y rápidamente lo que está en juego, llevando a sus personajes hacia situaciones cada vez más extremas, pero mi implicación emocional no crece al mismo ritmo. Cuando llegan las pérdidas y las consecuencias de sus decisiones, me habría gustado sentir con mayor intensidad el peso de lo que estaba sucediendo.

Lo mismo ocurre con la ciberpsicosis, uno de los elementos a través de los cuales se narra la transformación de David. La idea es interesante: el cyberware, inicialmente símbolo de fuerza y posibilidades, se convierte progresivamente también en una amenaza para la mente y la identidad de quien lo utiliza. Sin embargo, su evolución me ha parecido demasiado rápida. La serie muestra la caída de David, pero habría necesitado ver y experimentar con mayor profundidad las etapas que lo conducen hacia ella.

Y quizá sea precisamente por eso por lo que, al llegar al final, me di cuenta de que lo que más recordaba de Cyberpunk: Edgerunners era lo que había visto.

Recuerdo los colores. Recuerdo los neones. Recuerdo Night City. Recuerdo la animación y esa estética tan particular, suspendida entre un imaginario futurista y una sensibilidad visual que también mira hacia los años ochenta y noventa.

Recuerdo mucho menos nítidamente aquello que debería haberme llevado conmigo de la historia.

Por tanto, no considero que Cyberpunk: Edgerunners sea una obra carente de cualidades. Al contrario, creo que tiene una personalidad visual muy potente y una ambientación capaz de permanecer en la memoria. Simplemente, en mi caso, el componente estético ha conseguido dejar una impresión mucho más profunda que el narrativo.

Quizá sea precisamente esta la sensación con la que termino de verla: Cyberpunk: Edgerunners ha conseguido que contemple Night City con asombro, pero no ha conseguido que desee quedarme allí.

ITALIANO

Quante volte un’opera riesce a colpirci prima ancora di raccontarci davvero qualcosa?

È stata questa la domanda che mi sono posta guardando Cyberpunk: Edgerunners, anime prodotto da CD PROJEKT RED e animato dallo studio giapponese TRIGGER, disponibile su Netflix. Un’opera che, almeno per quanto mi riguarda, è riuscita in qualcosa di particolare: lasciarmi impressa soprattutto la sua estetica, molto più della storia che racconta.

Scheda dell’opera

Titolo: Cyberpunk: Edgerunners
Creatori: Rafał Jaki e Mike Pondsmith
Produzione: CD PROJEKT RED
Studio di animazione: TRIGGER
Regia: Hiroyuki Imaishi
Sceneggiatura: Yoshiki Usa e Masahiko Otsuka
Piattaforma: Netflix
Anno: 2022
Formato: serie anime, 10 episodi
Genere: cyberpunk, fantascienza, azione
Ambientazione: Night City, universo di Cyberpunk 2077
Tematiche: tecnologia, disuguaglianza sociale, modificazione del corpo, identità, ambizione e autodistruzione

La prima cosa che colpisce di Cyberpunk: Edgerunners è senza dubbio Night City. Una città sporca, caotica, sovraffollata e continuamente illuminata da insegne al neon, schermi pubblicitari e luci dai colori saturi e acidi. Il mondo costruito dall’anime sembra non conoscere davvero il buio: anche la notte è attraversata da una quantità quasi aggressiva di colori, che trasformano le strade in un mosaico di luci, riflessi e ombre.

È proprio sul piano visivo che l’anime riesce maggiormente a catturare la mia attenzione. I colori intensi, i contrasti netti e le animazioni estremamente dinamiche danno alla serie un’identità precisa. C’è qualcosa nell’estetica di Edgerunners che mi ha riportata alla cultura mainstream degli anni Ottanta e Novanta: un immaginario rétro fatto di neon, colori accesi e una certa esasperazione delle forme, reinterpretato però attraverso un’animazione contemporanea e volutamente esplosiva.

Ogni scena sembra voler occupare lo schermo con il proprio movimento e con il proprio colore.

E dietro l’immaginario cyberpunk di Night City è difficile non percepire anche una forte sensibilità visiva legata all’animazione giapponese. Non soltanto per la mano dello studio TRIGGER, ma per il modo in cui la città viene rappresentata: densissima, tecnologica, luminosa, quasi soffocante. Insegne, schermi e architetture contribuiscono a creare una metropoli che non dorme mai, nella quale il futuro non appare come qualcosa di lontano, ma come una presenza costante e invasiva.

Night City, infatti, non è semplicemente lo sfondo della storia, è forse l’elemento che più mi ha conquistata.

Una città nella quale tecnologia, povertà, criminalità e potere convivono senza soluzione di continuità. Una metropoli affascinante proprio perché è difficile da amare, capace di attirare lo sguardo mentre mostra continuamente quanto sia pericoloso viverci.

È qui, però, che per me nasce il principale limite della serie.

Cyberpunk: Edgerunners racconta una quantità enorme di cose in appena dieci episodi e, a mio parere, non sempre riesce a dare a ciascun elemento il tempo necessario per svilupparsi. David entra rapidamente nel mondo degli edgerunner, conosce Lucy, entra a far parte della squadra e si trova progressivamente coinvolto in situazioni sempre più pericolose. Nel frattempo vengono introdotti nuovi personaggi, nuovi conflitti e nuovi aspetti dell’universo di Cyberpunk. Il problema è che spesso, proprio quando un elemento comincia a richiedere maggiore attenzione, la storia è già passata a quello successivo.

I primi episodi sono quelli che mi hanno maggiormente coinvolta. Inizialmente sono riuscita a entrare nel mondo di David e ad empatizzare con i personaggi. Con il procedere della storia, però, questa partecipazione è venuta meno. Non perché mancassero gli eventi, ma perché erano così numerosi e ravvicinati da non lasciarmi il tempo necessario per costruire un vero legame con il gruppo.

I personaggi cambiano, prendono decisioni e affrontano conseguenze sempre più pesanti, ma spesso ho avuto la sensazione di assistere a questi passaggi dall’esterno, senza aver avuto abbastanza tempo per viverli insieme a loro.

Questo, per me, indebolisce soprattutto i momenti drammatici. La serie aumenta continuamente e velocemente la posta in gioco, portando i suoi personaggi verso situazioni sempre più estreme, ma il mio coinvolgimento emotivo non cresce allo stesso ritmo. Quando arrivano le perdite e le conseguenze delle loro scelte, avrei voluto sentire maggiormente il peso di ciò che stava accadendo.

Lo stesso vale per la cyberpsicosi, che rappresenta uno degli elementi attraverso cui viene raccontata la trasformazione di David. L’idea è interessante: il cyberware, inizialmente simbolo di forza e possibilità, diventa progressivamente anche una minaccia per la mente e per l’identità di chi lo utilizza; tuttavia, la sua evoluzione mi è sembrata troppo rapida. La serie mostra la caduta di David, ma avrei avuto bisogno di vedere e vivere maggiormente i passaggi che lo conducono verso quella caduta.

Ed è forse questo il motivo per cui, arrivata alla fine, mi sono resa conto che di Cyberpunk: Edgerunners ricordavo soprattutto ciò che avevo visto.

Ricordo i colori. Ricordo i neon. Ricordo Night City. Ricordo l’animazione e quell’estetica così particolare, sospesa tra un immaginario futuristico e una sensibilità visiva che guarda anche agli anni Ottanta e Novanta.

Molto meno nitidamente ricordo ciò che avrei dovuto portarmi dietro della storia.

Non considero quindi Cyberpunk: Edgerunners un’opera priva di qualità, al contrario, credo che abbia una personalità visiva fortissima e un’ambientazione capace di rimanere impressa. Semplicemente, nel mio caso, la componente estetica è riuscita a lasciare un’impressione molto più profonda di quella narrativa.

Forse è proprio questa la sensazione con cui concludo la visione: Cyberpunk: Edgerunners è riuscito a farmi guardare Night City con meraviglia, ma non è riuscito a farmi desiderare di rimanerci.

Cyberpunk: Edgerunners