¿De quién es una ciudad? 

DI CHI È UNA CITTÀ?

ESPAÑOL

Jean-Claude Izzo, Marsella y las fronteras de la pertenencia 

Marsella lleva más de dos mil años viendo llegar gente; tal vez por eso resulte difícil explicar quién es verdaderamente de allí. Basta acercarse al Vieux-Port para comprender que la pregunta tiene algo de trampa: durante siglos han entrado por ese mismo Mediterráneo mercancías, marineros, trabajadores, refugiados y familias cargando con aquello que podían transportar. Italianos, españoles, armenios, corsos, argelinos, tunecinos, marroquíes… Cada llegada ha dejado algo detrás —una palabra, un apellido, una receta, una forma de ocupar la calle— y la ciudad que hoy llamamos Marsella también está construida con todo aquello que alguna vez vino de fuera.

Jean-Claude Izzo lo sabía especialmente bien. Nació en Marsella en 1945, hijo de padre italiano y madre de ascendencia española, y esa condición mediterránea, mestiza y popular atravesaría su literatura. Cuando en 1995 publicó Total Khéops, primera entrega de la conocida Trilogía de Marsella, no necesitó inventar una ciudad sobre la que colocar una historia criminal, porque tenía delante una mucho más contradictoria: hermosa y áspera, hospitalaria y violenta, orgullosa de su mezcla y, al mismo tiempo, capaz de levantar fronteras entre quienes compartían sus mismas calles.

En ese territorio aparece Fabio Montale, policía, hijo de inmigrantes italianos y, sobre todo, marsellés. Junto a él regresan Manu y Ugo, amigos de juventud con quienes compartió barrio, adolescencia y esa clase de amistad que se construye cuando todavía creemos que crecer juntos significa permanecer juntos.

Los tres pertenecen a una generación formada en los márgenes de una ciudad donde el origen, el barrio y las oportunidades podían pesar más de lo que uno estaba dispuesto a reconocer; es ahí donde Izzo empieza a incomodar, porque pertenecer parece sencillo hasta que alguien nos obliga a demostrarlo.

Nacer en una ciudad concede un lugar administrativo; crecer en ella construye recuerdos; conocer sus calles proporciona intimidad. Sin embargo, ninguna de esas cosas garantiza que los demás estén dispuestos a reconocernos como parte del mismo nosotros: se puede hablar con el mismo acento, haber estudiado en las mismas escuelas, frecuentar los mismos bares y mirar el mismo mar y, aun así, continuar respondiendo, generación tras generación, a la pregunta de dónde viene realmente tu familia. Es entonces cuando el origen deja de ser una anécdota para convertirse en frontera.

Total Khéops se mueve precisamente sobre esas líneas. Izzo escribe sobre amistad, delincuencia, racismo, crimen organizado y exclusión desde personajes que no observan Marsella desde fuera, sino que la conocen porque la han vivido: saben qué calles ofrecen refugio, reconocen sus códigos y han aprendido que una misma ciudad puede abrir caminos para unos mientras los estrecha para otros. Pese a todo, siguen llamándola casa, y quizá ahí se encuentre una de las contradicciones más interesantes de Izzo: podemos pertenecer profundamente a un lugar que no siempre está dispuesto a pertenecernos de vuelta.

El Mediterráneo lleva siglos alimentando esa contradicción: une y separa, acerca territorios y marca fronteras, permite contemplar la otra orilla y, al mismo tiempo, recuerda que alcanzarla no significa necesariamente poder quedarse. Por eso regresar hoy a Fabio Montale produce una sensación extraña, porque algunas preguntas han envejecido mucho menos que los coches, los teléfonos o los bares de aquellas novelas.

¿Cuándo deja alguien de ser quien llegó? ¿Después de diez años, de veinte, cuando nacen sus hijos? ¿Cuando trabaja, se enamora, discute con sus vecinos y empieza a recordar cómo era aquella calle antes de que cambiaran los comercios? ¿O existe alguna clase de extranjero al que nunca permitimos terminar de llegar? Izzo no necesita responder; le basta con mostrarnos a quienes viven dentro de la pregunta, una cuestión que se complica todavía más cuando quienes llegaron ayer se convierten en quienes observan llegar a otros.

La integración nunca ocurre al mismo ritmo para todos. Montale puede convivir con su origen italiano sin tener que elegir constantemente entre ser hijo de inmigrantes y ser marsellés; a su alrededor, sin embargo, otros descubren que pertenecer depende también del apellido, el barrio, la situación económica y, sobre todo, de la mirada que los demás proyectan sobre ellos.

En Total Khéops no encontramos un discurso sociológico sobre esa desigualdad, sino que la descubrimos en las relaciones. Montale, Manu y Ugo comparten una juventud marcada por el barrio y por una sensación de margen, pero una historia común no garantiza un destino común: con los años sus caminos se fragmentan y el pasado, como suele ocurrir cuando creemos haberlo dejado suficientemente lejos, termina regresando.

Izzo podría explicarlo todo mediante decisiones individuales, y sería cómodo hacerlo, pero una decisión nunca ocurre en el vacío.

Importan la familia y las oportunidades, el dinero y el miedo, quién ofrece una salida y quién ofrece antes otra cosa; nada de ello elimina la responsabilidad individual, porque sus personajes se equivocan, hacen daño y cargan con las consecuencias. Sin embargo, comprender un recorrido no significa justificarlo; significa negarse a explicar una vida únicamente desde su peor decisión.

Estamos acostumbrados a conocer al delincuente desde el final de su historia, cuando ya existe una víctima, una investigación, un expediente o una condena; Izzo, en cambio, obliga a retroceder y a recordar que antes del delito hubo un muchacho, unos amigos, una familia que también había llegado de alguna parte, unas posibilidades y unos límites. La ciudad deja entonces de dividirse cómodamente entre buenos y malos, del mismo modo que empieza a resultar más difícil dividirla entre propios y extraños.

Porque, además de las fronteras jurídicas, territoriales y administrativas, existe otra mucho más difícil de dibujar: la que construimos alrededor del nosotros. Esa frontera no aparece en los mapas; puede atravesar una calle, un colegio o incluso una familia, desplazándose con el tiempo y modificando sus criterios.

Hay grupos que un día estuvieron fuera y que generaciones después forman parte indiscutible de una ciudad; otros continúan teniendo que explicar de dónde vienen aunque nunca hayan vivido en ningún otro lugar.

Tal vez el verdadero problema comience cuando olvidamos que nuestras ciudades no aparecieron terminadas, sino que también fueron construidas por quienes llegaron. Algunas costumbres que hoy defendemos como propias nacieron de mezclas anteriores, y la distancia entre ellos y nosotros puede ser mucho más reciente de lo que parece. Aceptar esa memoria no obliga a negar los conflictos que nuevas llegadas pueden provocar; obliga, más bien, a formular una pregunta más difícil: ¿qué hacemos con nuestra memoria cuando somos nosotros quienes estamos esperando en la otra orilla?

Mientras escribo estas líneas, Marsella queda a más de mil kilómetros de distancia y Jean-Claude Izzo lleva más de veinticinco años muerto; sin embargo, algunas de sus preguntas siguen viajando. Hay que bajar por el Mediterráneo y detenerse en uno de esos lugares donde la geografía deja de ser únicamente geografía, allí donde Europa y África se observan desde una distancia tan pequeña que cuesta comprender todo lo que puede caber entre ambas: Ceuta, agosto de 2026.

A finales de julio, decenas de miles de personas cruzaron la frontera desde Marruecos en una entrada de dimensiones excepcionales. Miles permanecieron posteriormente en una ciudad de apenas veinte kilómetros cuadrados que trataba de responder, al mismo tiempo, a una emergencia migratoria, humanitaria, de seguridad y de convivencia.

Hubo personas que murieron intentando alcanzar territorio español y algunas continúan sin identidad conocida; las primeras víctimas enterradas en el cementerio musulmán de Sidi Embarek tuvieron que ser señaladas mediante números mientras se trataba de averiguar quiénes habían sido. Un número donde debería haber un nombre resulta una imagen difícil de ignorar cuando hablamos de lo que significa llegar sin haber conseguido todavía pertenecer.

Pero detener la mirada ahí sería demasiado sencillo, porque al otro lado de la misma historia están quienes ya estaban.

Ceuta ha vivido semanas de enorme presión, en las que el miedo, la saturación, los recursos tensionados y la sensación de abandono han convivido con agresiones, enfrentamientos y ataques contra asentamientos de migrantes; una combinación peligrosa que recuerda hasta qué punto, cuando el miedo ocupa demasiado espacio, la convivencia puede romperse.

Nada de esto admite una lectura cómoda. Sería fácil repartir los papeles entre víctimas y culpables; mucho más difícil resulta aceptar que una crisis de esta magnitud puede reunir sufrimientos diferentes sin que reconocer uno obligue a negar el otro. Quien cruza una frontera puede hacerlo empujado por circunstancias que apenas alcanzamos a imaginar, mientras que quien vive junto a ella también puede temer que su ciudad deje de funcionar como la conocía; comprender una cosa no cancela la otra, del mismo modo que comprender el miedo nunca puede significar justificar la violencia.

Es precisamente aquí donde vuelve Marsella, no porque Total Khéops explique Ceuta —no lo hace— ni porque podamos trasladar sin más la Marsella de los noventa a la realidad española de 2026, pues hacerlo supondría reducir dos lugares, dos momentos y miles de experiencias a una comparación demasiado fácil. Izzo sirve para otra cosa: para recordarnos que las ciudades tienen memoria.

Ceuta plantea hoy una situación distinta, extrema y todavía abierta, pero recupera una pregunta que atravesaba ya la Marsella de Montale: ¿cuándo empieza alguien a pertenecer? Las leyes pueden determinar quién tiene derecho a permanecer en un territorio; los Estados necesitan fronteras, las ciudades necesitan recursos y las comunidades necesitan seguridad, por lo que ninguna reflexión literaria debería ignorar la complejidad real que supone gestionar la llegada repentina de miles de personas. Existe, sin embargo, algo que ninguna frontera administrativa puede resolver por completo: la pertenencia.

Porque pertenecer no ocurre en una aduana, sino después: cuando una calle empieza a resultarnos conocida, encontramos trabajo, alguien aprende nuestro nombre o nuestros hijos recuerdan como infancia aquello que para nosotros todavía era un lugar extranjero; quizá también cuando enterramos allí a nuestros muertos. Por eso resulta difícil contemplar las tumbas numeradas de Ceuta sin regresar a la pregunta con la que comenzábamos en Marsella: ¿de quién es una ciudad?

Tal vez nos hemos equivocado al formularla, porque una ciudad no necesita tener dueño, sino habitantes capaces de compartirla.

Eso no significa negar fronteras, ignorar las leyes ni exigir a una comunidad que soporte aquello para lo que no dispone de recursos; tampoco significa romantizar la inmigración desde la comodidad de quien nunca ha tenido que gestionar sus consecuencias. Significa recordar algo mucho más elemental: antes de ser una cifra, alguien tuvo un nombre.

Izzo escribió una Marsella que nunca terminó de resolver quién pertenecía completamente a ella, quizá porque comprendió que las ciudades mediterráneas llevan siglos haciéndose esa pregunta. Hoy Marsella queda al norte y Ceuta mucho más al sur; entre ambas continúa el mismo mar, uno que durante siglos ha llevado mercancías, lenguas, guerras, familias, religiones, huidas y esperanzas de una orilla a otra, unas veces uniendo y otras separando, aunque quizá lo más profundamente mediterráneo sea que tantas veces haya hecho ambas cosas al mismo tiempo.

Después de cerrar Total Khéops, por tanto, podemos atrevernos con una última pregunta: ¿cuánto tiempo necesita un desconocido para convertirse en uno de los nuestros? Izzo no dejó una respuesta y Ceuta tampoco puede dárnosla todavía; mientras tanto, el Mediterráneo continúa entre las dos orillas y nosotros seguimos decidiendo desde cuál queremos mirar.

ITALIANO

Jean-Claude Izzo, Marsiglia e i confini dell’appartenenza

Marsiglia vede arrivare persone da più di duemila anni; forse è proprio per questo che è difficile spiegare chi sia davvero di lì. Basta avvicinarsi al Vieux-Port per capire che la domanda nasconde un’insidia: per secoli, attraverso quello stesso Mediterraneo, sono entrati merci, marinai, lavoratori, rifugiati e famiglie che trasportavano con sé ciò che riuscivano a portare. Italiani, spagnoli, armeni, corsi, algerini, tunisini, marocchini… Ogni arrivo ha lasciato qualcosa dietro di sé — una parola, un cognome, una ricetta, un modo di vivere la strada — e la città che oggi chiamiamo Marsiglia è costruita anche con tutto ciò che un tempo veniva da fuori.

Jean-Claude Izzo lo sapeva particolarmente bene. Nacque a Marsiglia nel 1945, figlio di padre italiano e madre di origine spagnola, e questa condizione mediterranea, meticcia e popolare attraversò tutta la sua letteratura. Quando nel 1995 pubblicò Total Khéops, primo capitolo della celebre Trilogia di Marsiglia, non ebbe bisogno di inventare una città sulla quale costruire una storia criminale, perché aveva davanti a sé una realtà molto più contraddittoria: bella e aspra, ospitale e violenta, orgogliosa della propria mescolanza e, allo stesso tempo, capace di erigere frontiere tra persone che condividevano le stesse strade.

In questo territorio compare Fabio Montale, poliziotto, figlio di immigrati italiani e, soprattutto, marsigliese. Insieme a lui tornano Manu e Ugo, amici d’infanzia con cui ha condiviso il quartiere, l’adolescenza e quel tipo di amicizia che si costruisce quando ancora crediamo che crescere insieme significhi rimanere insieme.

I tre appartengono a una generazione cresciuta ai margini di una città in cui l’origine, il quartiere e le opportunità potevano pesare più di quanto si fosse disposti ad ammettere; è qui che Izzo comincia a mettere a disagio, perché appartenere sembra semplice finché qualcuno non ci costringe a dimostrarlo.

Nascere in una città concede un luogo amministrativo; crescere al suo interno costruisce ricordi; conoscere le sue strade offre intimità. Tuttavia, nessuna di queste cose garantisce che gli altri siano disposti a riconoscerci come parte dello stesso noi: si può parlare con lo stesso accento, aver studiato nelle stesse scuole, frequentare gli stessi bar e guardare lo stesso mare e, nonostante tutto, continuare a rispondere, generazione dopo generazione, alla domanda da dove venga davvero la propria famiglia. È allora che l’origine smette di essere un aneddoto e diventa una frontiera.

Total Khéops si muove precisamente lungo queste linee. Izzo scrive di amicizia, criminalità, razzismo, crimine organizzato ed esclusione attraverso personaggi che non osservano Marsiglia dall’esterno, ma la conoscono perché l’hanno vissuta: sanno quali strade offrono rifugio, riconoscono i suoi codici e hanno imparato che una stessa città può aprire delle possibilità per alcuni mentre le restringe per altri. Nonostante tutto, continuano a chiamarla casa, e forse è proprio qui che si trova una delle contraddizioni più interessanti di Izzo: possiamo appartenere profondamente a un luogo che non è sempre disposto a sentirlo come proprio.

Il Mediterraneo alimenta da secoli questa contraddizione: unisce e separa, avvicina territori e traccia confini, permette di contemplare l’altra sponda e, allo stesso tempo, ricorda che raggiungerla non significa necessariamente potervi restare. Per questo tornare oggi a Fabio Montale produce una sensazione strana, perché alcune domande sono invecchiate molto meno delle automobili, dei telefoni o dei bar di quei romanzi.

Quando smette qualcuno di essere colui che è arrivato? Dopo dieci anni, dopo venti, quando nascono i suoi figli? Quando lavora, si innamora, litiga con i vicini e comincia a ricordare com’era quella strada prima che cambiassero i negozi? Oppure esiste una sorta di straniero a cui non permettiamo mai di arrivare fino in fondo? Izzo non ha bisogno di rispondere; gli basta mostrarci persone che vivono dentro questa domanda, una questione che si complica ancora di più quando coloro che sono arrivati ieri diventano quelli che osservano arrivare altri.

L’integrazione non avviene mai allo stesso ritmo per tutti. Montale può convivere con la propria origine italiana senza dover scegliere continuamente tra essere figlio di immigrati ed essere marsigliese; intorno a lui, invece, altri scoprono che appartenere dipende anche dal cognome, dal quartiere, dalla condizione economica e, soprattutto, dallo sguardo che gli altri proiettano su di loro.

In Total Khéops non troviamo un discorso sociologico su questa disuguaglianza, ma la scopriamo attraverso le relazioni. Montale, Manu e Ugo condividono una giovinezza segnata dal quartiere e da una sensazione di marginalità, ma una storia comune non garantisce un destino comune: con gli anni le loro strade si dividono e il passato, come spesso accade quando crediamo di averlo lasciato abbastanza lontano, finisce per tornare.

Izzo avrebbe potuto spiegare tutto attraverso le decisioni individuali, e sarebbe stato comodo farlo, ma una decisione non avviene mai nel vuoto.

Contano la famiglia e le opportunità, il denaro e la paura, chi offre una via d’uscita e chi, prima ancora, offre qualcos’altro; nulla di questo elimina la responsabilità individuale, perché i suoi personaggi sbagliano, fanno del male e devono affrontarne le conseguenze. Tuttavia, comprendere un percorso non significa giustificarlo; significa rifiutarsi di spiegare una vita unicamente attraverso la sua decisione peggiore.

Siamo abituati a conoscere il criminale alla fine della sua storia, quando esistono già una vittima, un’indagine, un fascicolo o una condanna; Izzo, invece, ci costringe a tornare indietro e a ricordare che prima del reato c’erano un ragazzo, degli amici, una famiglia che a sua volta era arrivata da qualche parte, delle possibilità e dei limiti. La città smette allora di dividersi comodamente tra buoni e cattivi, così come diventa più difficile dividerla tra propri ed estranei.

Perché, oltre alle frontiere giuridiche, territoriali e amministrative, ne esiste un’altra molto più difficile da tracciare: quella che costruiamo intorno al noi. Questa frontiera non compare sulle mappe; può attraversare una strada, una scuola o persino una famiglia, spostandosi nel tempo e modificando i propri criteri.

Ci sono gruppi che un giorno erano fuori e che, generazioni dopo, diventano parte indiscutibile di una città; altri continuano a dover spiegare da dove vengono, anche se non hanno mai vissuto in nessun altro luogo.

Forse il vero problema comincia quando dimentichiamo che le nostre città non sono apparse già compiute, ma sono state costruite anche da coloro che sono arrivati. Alcune abitudini che oggi difendiamo come proprie sono nate da mescolanze precedenti, e la distanza tra loro e noi può essere molto più recente di quanto sembri. Accettare questa memoria non obbliga a negare i conflitti che nuovi arrivi possono provocare; obbliga piuttosto a formulare una domanda più difficile: cosa facciamo della nostra memoria quando siamo noi ad aspettare sull’altra sponda?

Mentre scrivo queste righe, Marsiglia si trova a più di mille chilometri di distanza e Jean-Claude Izzo è morto da più di venticinque anni; eppure alcune delle sue domande continuano a viaggiare. Bisogna scendere lungo il Mediterraneo e fermarsi in uno di quei luoghi in cui la geografia smette di essere soltanto geografia, là dove Europa e Africa si osservano da una distanza così piccola che è difficile comprendere tutto ciò che può stare tra le due: Ceuta, agosto 2026.

Alla fine di luglio, decine di migliaia di persone hanno attraversato il confine dal Marocco in un ingresso di dimensioni eccezionali. Migliaia sono rimaste successivamente in una città di appena venti chilometri quadrati che cercava di rispondere, contemporaneamente, a un’emergenza migratoria, umanitaria, di sicurezza e di convivenza.

Ci sono state persone morte nel tentativo di raggiungere il territorio spagnolo e alcune continuano a non avere un’identità conosciuta; le prime vittime sepolte nel cimitero musulmano di Sidi Embarek hanno dovuto essere indicate attraverso dei numeri mentre si cercava di scoprire chi fossero. Un numero là dove dovrebbe esserci un nome è un’immagine difficile da ignorare quando parliamo di cosa significhi arrivare senza essere ancora riusciti ad appartenere.

Ma fermare lo sguardo lì sarebbe troppo semplice, perché dall’altra parte della stessa storia ci sono coloro che erano già lì.

Ceuta ha vissuto settimane di enorme pressione, durante le quali paura, saturazione, risorse messe a dura prova e senso di abbandono hanno convissuto con aggressioni, scontri e attacchi contro gli insediamenti dei migranti; una combinazione pericolosa che ricorda fino a che punto, quando la paura occupa troppo spazio, la convivenza possa spezzarsi.

Nulla di tutto questo ammette una lettura comoda. Sarebbe facile distribuire i ruoli tra vittime e colpevoli; molto più difficile è accettare che una crisi di questa portata possa riunire sofferenze diverse senza che riconoscerne una significhi negare l’altra. Chi attraversa una frontiera può farlo spinto da circostanze che riusciamo a malapena a immaginare, mentre chi vive accanto a quella frontiera può temere che la propria città smetta di funzionare come l’aveva conosciuta; comprendere una cosa non cancella l’altra, così come comprendere la paura non può mai significare giustificare la violenza.

È proprio qui che torna Marsiglia, non perché Total Khéops spieghi Ceuta — non lo fa — né perché possiamo trasferire senza mediazioni la Marsiglia degli anni Novanta nella realtà spagnola del 2026, perché farlo significherebbe ridurre due luoghi, due momenti e migliaia di esperienze a un confronto troppo facile. Izzo serve a qualcos’altro: a ricordarci che le città hanno memoria.

Ceuta pone oggi una situazione diversa, estrema e ancora aperta, ma ripropone una domanda che attraversava già la Marsiglia di Montale: quando comincia qualcuno ad appartenere? Le leggi possono stabilire chi ha il diritto di restare in un territorio; gli Stati hanno bisogno di frontiere, le città hanno bisogno di risorse e le comunità hanno bisogno di sicurezza, perciò nessuna riflessione letteraria dovrebbe ignorare la complessità reale che comporta gestire l’arrivo improvviso di migliaia di persone. Esiste, tuttavia, qualcosa che nessuna frontiera amministrativa può risolvere completamente: l’appartenenza.

Perché appartenere non avviene in una dogana, ma dopo: quando una strada comincia a sembrarci familiare, troviamo lavoro, qualcuno impara il nostro nome o i nostri figli ricordano come infanzia ciò che per noi era ancora un luogo straniero; forse anche quando vi seppelliamo i nostri morti. Per questo è difficile guardare le tombe numerate di Ceuta senza tornare alla domanda con cui avevamo iniziato a Marsiglia: di chi è una città?

Forse abbiamo sbagliato a formularla, perché una città non ha bisogno di avere un proprietario, ma di abitanti capaci di condividerla.

Questo non significa negare le frontiere, ignorare le leggi o pretendere che una comunità sopporti ciò per cui non dispone di risorse; non significa neppure romanticizzare l’immigrazione dalla comodità di chi non ha mai dovuto gestirne le conseguenze. Significa ricordare qualcosa di molto più elementare: prima di essere una cifra, qualcuno aveva un nome.

Izzo ha scritto una Marsiglia che non ha mai finito di risolvere chi appartenesse completamente a essa, forse perché aveva compreso che le città mediterranee si pongono questa domanda da secoli. Oggi Marsiglia è a nord e Ceuta molto più a sud; tra le due continua a esserci lo stesso mare, un mare che per secoli ha trasportato merci, lingue, guerre, famiglie, religioni, fughe e speranze da una sponda all’altra, a volte unendo e altre volte separando, anche se forse la cosa più profondamente mediterranea è che tante volte abbia fatto entrambe le cose contemporaneamente.

Dopo aver chiuso Total Khéops, dunque, possiamo azzardare un’ultima domanda: quanto tempo serve a uno sconosciuto per diventare uno dei nostri? Izzo non ha lasciato una risposta e Ceuta non può ancora darcela; nel frattempo, il Mediterraneo continua a stare tra le due sponde e noi continuiamo a decidere da quale delle due vogliamo guardare.