ESPAÑOL
Hay algo que me preocupa de nuestro tiempo: cada vez parece más difícil acercarnos a quien no conocemos. Desconfiamos de lo diferente, nos acostumbramos a juzgar demasiado rápido y, muchas veces, creemos saber quién es el otro sin habernos detenido a escuchar su historia. Tenemos opiniones sobre países, culturas y personas que quizá nunca hemos conocido de verdad. Y así, poco a poco, vamos levantando distancias, incluso entre quienes tienen mucho más en común de lo que imaginan.
Creo que hoy necesitamos recuperar algo tan sencillo y, al mismo tiempo, tan importante como el deseo de conocernos. No hablo de acumular información sobre otras culturas ni de aprender a reconocer sus costumbres desde fuera. Hablo de acercarnos de verdad, de tener curiosidad por la experiencia ajena, de escuchar cómo alguien entiende el mundo y por qué lo ve de una manera distinta a la nuestra. Porque conocer al otro requiere tiempo, atención y, sobre todo, la disposición a reconocer que no lo sabemos todo.
Desde ahí nace mi reflexión sobre doblemirada y la hispanidad, precisamente en una fecha como el 12 de octubre.
¿Qué significa celebrar la hispanidad hoy? ¿Qué estamos celebrando cuando hablamos de una lengua, una cultura y una historia que unen a millones de personas, pero que también despiertan recuerdos y sentimientos muy diferentes?
Para mí, no hay una respuesta sencilla. La hispanidad forma parte de una realidad compartida, de vínculos culturales que atraviesan océanos, de palabras, expresiones, costumbres y formas de entender la vida que han viajado de un lugar a otro y que siguen transformándose. Nuestro Océano hoy se llama Mediterráneo. Pero esa historia no se ha vivido de la misma manera en todas partes. Hay encuentros y mestizajes, pero también imposiciones, pérdidas y heridas que forman parte de la memoria de muchos pueblos.
Reconocerlo no significa renunciar a lo que nos une. Significa acercarnos a esa historia con la voluntad de comprenderla, sin pretender que todos debamos recordarla o interpretarla de la misma forma.
Es precisamente aquí donde encuentro el sentido de la doblemirada. En la posibilidad de salir, aunque sea por un momento, de nuestra propia perspectiva y tratar de entender qué ve el otro desde su lugar. No para darle siempre la razón, ni para abandonar nuestras convicciones, sino para aceptar que nuestra mirada tiene límites. Que hay cosas que no podemos comprender del todo mientras sigamos observándolas únicamente desde nuestra experiencia.
A veces hablamos de identidad como si fuera algo fijo, algo que recibimos y que debemos conservar exactamente como lo hemos encontrado. Sin embargo, creo que nuestra identidad también se construye a través de los encuentros. Somos nuestra lengua, nuestras raíces y nuestra historia, pero también somos las preguntas que nos hacemos, las personas que conocemos y las experiencias que nos obligan a mirar de otra manera. El contacto con otras realidades no tiene por qué alejarnos de quienes somos. Puede ayudarnos a comprenderlo mejor.
Quizá por eso me interesa tanto la relación entre identidad e hispanidad. Porque compartir una lengua no significa ser iguales, del mismo modo que pertenecer a una misma tradición cultural no implica tener una única memoria. Cada persona se relaciona con esa herencia desde su propia experiencia. Para algunos, la hispanidad puede representar un sentimiento de pertenencia; para otros, una historia que necesita ser revisada y contada desde voces que durante mucho tiempo tuvieron menos espacio. Ambas realidades forman parte de una conversación que merece ser abierta, no cerrada de antemano.
Lo que me gustaría es que esa conversación no se convirtiera en otro motivo para distanciarnos.
Vivimos en una época en la que resulta fácil construir una opinión sobre el otro sin llegar a conocerlo. Nos quedamos con una etiqueta, con una noticia, con una idea que alguien nos ha transmitido. A veces defendemos nuestras posiciones con tanta fuerza que dejamos de escuchar cualquier cosa que pueda cuestionarlas. Y, cuando eso sucede, el otro deja de ser una persona a la que podemos descubrir y se convierte en alguien a quien juzgar, rechazar o mantener a distancia.
Frente a esa tendencia, doblemirada propone algo que parece sencillo, pero que exige una verdadera disposición: acercarse. Preguntar. Escuchar. Reconocer que detrás de cada cultura hay personas, historias y experiencias que no caben en una definición general. No necesitamos estar de acuerdo en todo para tratarnos con respeto. Tampoco necesitamos compartir la misma interpretación del pasado para encontrar formas de entendernos en el presente.
Eduardo Galeano escribió en El libro de los abrazos (1989): «Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». Aunque habla de la capacidad de la acción colectiva, me gusta pensar también en el valor de los pequeños gestos que hacen posible el encuentro: una conversación, una pregunta sincera, la voluntad de escuchar a alguien cuya experiencia es distinta de la nuestra. No siempre son los grandes discursos los que acercan a las personas. A veces basta con dejar de dar por sentado que ya conocemos al otro.
También Martin Luther King Jr. nos recordó, en su reflexión sobre la interdependencia humana, que nuestras vidas están vinculadas y que no podemos vivir plenamente ignorando lo que les sucede a los demás. Esa idea sigue teniendo mucho sentido hoy. Nos recuerda que el aislamiento no nos hace más fuertes y que una sociedad marcada por la desconfianza termina perdiendo la capacidad de reconocerse en quienes la rodean.
Por eso creo que necesitamos espacios de diálogo, lugares donde podamos encontrarnos sin tener que demostrar constantemente quién tiene razón. Espacios en los que las diferencias no se escondan, pero tampoco se utilicen como una frontera. La hispanidad, entendida desde esta perspectiva, puede ofrecernos una oportunidad para hacerlo: una lengua compartida que nos permite hablar, una diversidad de experiencias que nos invita a escuchar y una historia compleja que todavía podemos seguir comprendiendo juntos.
El 12 de octubre puede ser una ocasión para detenernos y preguntarnos qué queremos hacer hoy con esa herencia. Podemos utilizarla para reforzar una única interpretación de nuestra identidad, o podemos aprovecharla para conocer mejor a quienes también forman parte de ella. Podemos quedarnos en las discusiones que nos separan o intentar que esas diferencias nos lleven a hacernos preguntas que antes no nos habíamos planteado.
No se trata de idealizar la hispanidad ni de convertirla en una respuesta para todos. Se trata de reconocer que, si queremos hablar de una realidad compartida, también debemos estar dispuestos a escuchar las voces que la componen. Que celebrar no debería significar imponer una memoria, sino abrir la posibilidad de comprender las distintas maneras de vivirla.
Al final, no podemos cambiar todo lo que ha sucedido en el pasado, pero sí podemos decidir cómo nos relacionamos hoy con esa historia y con las personas que la mantienen viva. Podemos permitir que las diferencias alimenten la desconfianza o intentar que se conviertan en una oportunidad para aprender. Y esa elección empieza mucho antes de cualquier gran declaración: empieza en nuestra manera de mirar, de hablar y de escuchar.
Por eso, cuando pienso en doblemirada, pienso en una invitación a recuperar la curiosidad por el otro. A no conformarnos con lo que creemos saber. A entender que conocer una cultura no consiste solamente en acercarse a sus tradiciones, sino también en escuchar a las personas que la viven, la transforman y le dan nuevos significados.
Este 12 de octubre, me gustaría pensar la hispanidad desde ese lugar. No como una identidad que todos debamos sentir de la misma manera, sino como una oportunidad para encontrarnos. Para reconocer lo que compartimos, hablar con honestidad de lo que nos diferencia y construir relaciones basadas en el conocimiento y el respeto.
Porque tenemos muchas razones para hablar de lo que nos separa, pero también tenemos una responsabilidad en la manera en que decidimos relacionarnos. Y hoy, cuando la desconfianza parece instalarse con tanta facilidad, quizá lo más necesario sea volver a interesarnos por quienes tenemos delante.
No para pensar todos igual. No para borrar nuestras diferencias. Simplemente, para conocernos.
Quizá ese sea el sentido de celebrar la hispanidad desde una doblemirada: convertir una historia compartida en una oportunidad de encuentro, y recordar que el otro no tiene por qué ser alguien de quien desconfiar, sino alguien a quien todavía no hemos tenido la oportunidad de conocer de verdad.
ITALIANO
C’è qualcosa del nostro tempo che mi preoccupa: sembra sempre più difficile avvicinarsi a chi non conosciamo. Diffidiamo di ciò che è diverso, ci abituiamo a giudicare troppo in fretta e, spesso, crediamo di sapere chi sia l’altro senza esserci mai fermati ad ascoltare la sua storia. Abbiamo opinioni su Paesi, culture e persone che forse non abbiamo mai conosciuto davvero. E così, poco a poco, creiamo distanze, anche tra coloro che hanno molto più in comune di quanto immaginino.
Credo che oggi abbiamo bisogno di recuperare qualcosa di tanto semplice quanto importante: il desiderio di conoscerci. Non parlo di accumulare informazioni sulle altre culture né di imparare a riconoscerne le tradizioni dall’esterno. Parlo di avvicinarci davvero, di essere curiosi dell’esperienza altrui, di ascoltare il modo in cui qualcuno interpreta il mondo e le ragioni per cui lo vede diversamente da noi. Perché conoscere l’altro richiede tempo, attenzione e, soprattutto, la disponibilità a riconoscere che non sappiamo tutto.
È da qui che nasce la mia riflessione su doblemirada e sull’ispanità, proprio in una data come il 12 ottobre.
Che cosa significa celebrare l’ispanità oggi? Che cosa stiamo celebrando quando parliamo di una lingua, di una cultura e di una storia che uniscono milioni di persone, ma che suscitano anche ricordi e sentimenti molto diversi?
Per me non esiste una risposta semplice. L’ispanità fa parte di una realtà condivisa, di legami culturali che attraversano gli oceani, di parole, espressioni, tradizioni e modi di intendere la vita che hanno viaggiato da un luogo all’altro e continuano a trasformarsi. Oggi, per noi, il nostro oceano si chiama Mediterraneo. Ma questa storia non è stata vissuta allo stesso modo ovunque. Ci sono stati incontri e contaminazioni culturali, ma anche imposizioni, perdite e ferite che fanno parte della memoria di molti popoli.
Riconoscerlo non significa rinunciare a ciò che ci unisce. Significa avvicinarsi a quella storia con la volontà di comprenderla, senza pretendere che tutti debbano ricordarla o interpretarla allo stesso modo.
È proprio qui che trovo il senso di doblemirada: nella possibilità di uscire, anche solo per un momento, dalla nostra prospettiva e provare a capire che cosa vede l’altro dal proprio punto di vista. Non per dargli sempre ragione, né per abbandonare le nostre convinzioni, ma per accettare che il nostro sguardo ha dei limiti. Che ci sono cose che non possiamo comprendere fino in fondo finché continuiamo a osservarle esclusivamente attraverso la nostra esperienza.
A volte parliamo dell’identità come se fosse qualcosa di immutabile, qualcosa che riceviamo e che dobbiamo conservare esattamente così come l’abbiamo trovata. Eppure, credo che la nostra identità si costruisca anche attraverso gli incontri. Siamo la nostra lingua, le nostre radici e la nostra storia, ma siamo anche le domande che ci poniamo, le persone che conosciamo e le esperienze che ci costringono a guardare le cose in modo diverso. Il contatto con altre realtà non deve necessariamente allontanarci da ciò che siamo. Può aiutarci a comprenderlo meglio.
Forse è per questo che mi interessa tanto il rapporto tra identità e ispanità. Perché condividere una lingua non significa essere uguali, così come appartenere alla stessa tradizione culturale non implica avere un’unica memoria. Ogni persona si rapporta a questa eredità a partire dalla propria esperienza. Per alcuni, l’ispanità può rappresentare un sentimento di appartenenza; per altri, una storia che deve essere riletta e raccontata attraverso le voci di chi, per molto tempo, ha avuto meno spazio. Entrambe queste realtà fanno parte di una conversazione che merita di essere aperta, non chiusa in partenza.
Quello che vorrei è che questa conversazione non diventasse un ulteriore motivo per allontanarci.
Viviamo in un’epoca in cui è facile costruirsi un’opinione sull’altro senza arrivare a conoscerlo. Ci fermiamo a un’etichetta, a una notizia, a un’idea che qualcuno ci ha trasmesso. A volte difendiamo le nostre posizioni con tanta forza da smettere di ascoltare qualsiasi cosa possa metterle in discussione. E quando succede, l’altro smette di essere una persona da scoprire e diventa qualcuno da giudicare, rifiutare o tenere a distanza.
Di fronte a questa tendenza, doblemirada propone qualcosa che sembra semplice, ma che richiede una reale disponibilità: avvicinarsi. Fare domande. Ascoltare. Riconoscere che dietro ogni cultura ci sono persone, storie ed esperienze che non possono essere racchiuse in una definizione generale. Non abbiamo bisogno di essere d’accordo su tutto per trattarci con rispetto. Allo stesso modo, non dobbiamo condividere la stessa interpretazione del passato per trovare modi di comprenderci nel presente.
Eduardo Galeano scriveva ne Il libro degli abbracci (1989): «Molta gente piccola, in luoghi piccoli, facendo cose piccole, può cambiare il mondo». Sebbene si riferisca alla capacità dell’azione collettiva, mi piace pensare anche al valore dei piccoli gesti che rendono possibile l’incontro: una conversazione, una domanda sincera, la volontà di ascoltare qualcuno la cui esperienza è diversa dalla nostra. Non sono sempre i grandi discorsi ad avvicinare le persone. A volte basta smettere di dare per scontato di conoscere già l’altro.
Anche Martin Luther King Jr., riflettendo sull’interdipendenza umana, ci ha ricordato che le nostre vite sono legate le une alle altre e che non possiamo vivere pienamente ignorando ciò che accade agli altri. È un’idea che conserva tutto il suo significato anche oggi. Ci ricorda che l’isolamento non ci rende più forti e che una società segnata dalla diffidenza finisce per perdere la capacità di riconoscersi nelle persone che la circondano.
Per questo credo che abbiamo bisogno di spazi di dialogo, luoghi in cui incontrarci senza dover dimostrare continuamente chi ha ragione. Spazi in cui le differenze non vengano nascoste, ma neppure utilizzate come confini. L’ispanità, intesa da questa prospettiva, può offrirci un’opportunità per farlo: una lingua condivisa che ci permette di parlare, una diversità di esperienze che ci invita ad ascoltare e una storia complessa che possiamo ancora continuare a comprendere insieme.
Il 12 ottobre può essere un’occasione per fermarci e chiederci che cosa vogliamo fare oggi di questa eredità. Possiamo utilizzarla per rafforzare un’unica interpretazione della nostra identità oppure cogliere l’opportunità per conoscere meglio chi ne fa parte. Possiamo rimanere ancorati alle discussioni che ci separano oppure provare a fare in modo che le differenze ci spingano a porci domande che prima non ci eravamo mai fatti.
Non si tratta di idealizzare l’ispanità né di trasformarla in una risposta valida per tutti. Si tratta di riconoscere che, se vogliamo parlare di una realtà condivisa, dobbiamo anche essere disposti ad ascoltare le voci che la compongono. Celebrare non dovrebbe significare imporre una memoria, ma aprire la possibilità di comprendere i diversi modi di viverla.
In fondo, non possiamo cambiare tutto ciò che è accaduto in passato, ma possiamo decidere come rapportarci oggi a quella storia e alle persone che la mantengono viva. Possiamo lasciare che le differenze alimentino la diffidenza oppure cercare di trasformarle in un’opportunità per imparare. E questa scelta comincia molto prima di qualsiasi grande dichiarazione: comincia dal nostro modo di guardare, di parlare e di ascoltare.
Per questo, quando penso a doblemirada, penso a un invito a recuperare la curiosità verso l’altro. A non accontentarci di ciò che crediamo di sapere. A comprendere che conoscere una cultura non significa soltanto avvicinarsi alle sue tradizioni, ma anche ascoltare le persone che la vivono, la trasformano e le attribuiscono nuovi significati.
Questo 12 ottobre, vorrei pensare all’ispanità da questa prospettiva. Non come a un’identità che tutti dobbiamo sentire allo stesso modo, ma come a un’opportunità per incontrarci. Per riconoscere ciò che condividiamo, parlare con sincerità di ciò che ci distingue e costruire relazioni basate sulla conoscenza e sul rispetto.
Perché abbiamo molte ragioni per parlare di ciò che ci divide, ma abbiamo anche una responsabilità nel modo in cui scegliamo di relazionarci gli uni agli altri. E oggi, quando la diffidenza sembra diffondersi così facilmente, forse la cosa più necessaria è tornare a interessarci alle persone che abbiamo di fronte.
Non per pensare tutti allo stesso modo. Non per cancellare le nostre differenze. Semplicemente, per conoscerci.
Forse è proprio questo il senso di celebrare l’ispanità attraverso doblemirada: trasformare una storia condivisa in un’opportunità d’incontro e ricordare che l’altro non deve necessariamente essere qualcuno di cui diffidare, ma qualcuno che non abbiamo ancora avuto l’occasione di conoscere davvero.

