Fatima Zohra

DOBLE NACIONALIDAD

DOPPIA NAZIONALITÀ

ESPAÑOL

Hay algo en el concepto de «La Doblemirada» que me lleva a pensar en otro: la «doble nacionalidad». Dos conceptos que, a primera vista, parecen hablar de diversidad, de la posibilidad de mirar desde dos lugares, de pertenecer a más de un espacio, de llevar contigo más de una historia. La doble nacionalidad suena a eso, ¿no? A la posibilidad de ser de aquí y de allí al mismo tiempo. A poder tener dos raíces, dos culturas, dos lugares a los que llamar hogar. Suena a riqueza, a encuentro, a una identidad que no tiene por qué limitarse a una sola frontera.

Sin embargo, con los años he empezado a mirar este concepto de otra manera. Me he preguntado para quién representa realmente ese orgullo. Porque, aunque la doble nacionalidad pueda parecer un derecho y una expresión de diversidad, no todas las personas parecen tener la posibilidad de vivirla de la misma forma.

Y aquí es donde aparecen «los de arriba». Me refiero a los europeos, a quienes muchas veces se les reconoce como extranjeros cuando tienen vínculos con otros países. A quienes, en ocasiones, se les cuenta desde la historia del amor, del encuentro entre culturas, de la decisión de sus padres de quedarse en otro lugar. Su origen puede presentarse como una muestra de cosmopolitismo, de apertura, de diversidad.

Pero no siempre ocurre lo mismo con nosotros.

No con quienes venimos de África, de Latinoamérica y de otros territorios que durante tanto tiempo han sido considerados «subdesarrollados». No con quienes llegamos —o cuyos padres llegaron— a Europa en busca de una mejor calidad de vida, de oportunidades y de un futuro. A nosotros se nos ha llamado inmigrantes. Y, en muchas ocasiones, esa palabra parece pesar más que nuestra propia historia.

Porque ¿en qué momento la historia de unos se convierte en diversidad y la de otros en inmigración? ¿En qué momento el origen de unos se celebra y el de otros se convierte en una marca que debemos cargar?

Yo soy africana. Y desde ese lugar me pregunto por qué nuestra procedencia parece tener que ser explicada de otra manera. Por qué, cuando venimos de África, nuestra presencia se relaciona tan fácilmente con la necesidad, con la pobreza o con la idea de que hemos llegado de un lugar inferior. Por qué, para algunos, ser de allí puede ser una historia que enriquece su identidad, mientras que para otros parece ser algo que deben superar para poder ser reconocidos aquí.

Porque nos han hecho creer que ser de allí es ser menos. Que algo nos falta. Que nuestro origen nos coloca en una posición inferior. Que, por mucho que vivamos aquí, por mucho que construyamos nuestras vidas, por mucho que formemos parte de esta sociedad, siempre habrá una frontera que otros se encargarán de recordarnos.

Y esa frontera no siempre está en un mapa.

El mapa que nos lo van dibujando desde muy chicos, nuestros padres, compañeros de clase, profesores, amigos, los límites del pertenecer, las fronteras culturales. Un poco de todo, contribuyó a mi miedo al mar, cuando me veía en medio de él, sabiendo que no sé nadar.

Viví viajando por el estrecho y junto a mí el pánico a caer al agua, pasar cada verano por esas aguas tan tibias, tan livianas a la vista, sin tierra ni monte, ahí fue donde aprendí a sentir el vacío— quizás eso me hizo verlo con temor— un sentimiento que de pequeña creía solo mío, en ese barco tan grande, en ese mar tan inmenso, y  ese horizonte tan borroso creció mi duda —¿por qué tengo que elegir?— que me hacía torcer el cuello, hacia la derecha, luego a la izquierda, la mirada adelante, el mirar atrás.

Iba hacia un lado echando de menos el otro.
No encontraba la paz en ese silencio visual tan inmenso.
La angustia creció conmigo, la confusión era mi sombra, y el perdón suspirado, al elegir uno de los lados, lo arrastraba sobre mis espaldas.
Dos mundos, ¿cómo se vive entre dos mundos? 
Nadie sabe enseñarte a cómo hacerlo, menos aún siendo la primogénita de esa generación nacida en otras tierras, en otro país, en otro continente.
Cómo debo responder a ¿de dónde eres?
Aquí soy hija de inmigrantes, allí soy turista.
Una doble vida, la cultura de los que no quieren perder la memoria histórica de allí y la cultura de la sociedad “progresista”.
Si elijo la de allí, no estoy integrada.
Si elijo la de aquí, traiciono las raíces de mis padres.
Estudio una historia que no es la mía, y no sé dibujar el mapa de los de allí. 
Mi espejo se divide en dos, mis críticas son doblemente pensadas, la rabia de explicar a unos y a otros, el cansancio de sostener dos banderas, mi mente no sabe que es la verdad, mi cuerpo se paraliza al ver el mar.
Solo siento el ahogo de mis dos tierras enterrarme bajo los escombros de la culpa.
Dos mundos, dos continentes, dos países, dos ciudades y un mar que me ahoga cuando me ve.

Yo no quiero tener que elegir entre ser de aquí y ser de allí. No quiero que mis raíces africanas sean vistas como una carencia ni que mi pertenencia a Europa tenga que borrar de dónde vengo, no  quiero que mi identidad se mida en función de la distancia entre el lugar del que procedo y el lugar en el que vivo.

Quiero poder ser de aquí y de allí sin que ninguna de las dos partes de mi historia sea considerada inferior. Quiero que mi origen sea una parte de mi identidad, no una explicación que tenga que ofrecer para justificar mi presencia.

Porque nosotros también somos de aquí. También somos de allí. Y nuestras raíces no necesitan el permiso de nadie para tener valor.

Esto es una “doblemirada”. Eso es para mí tener la doble nacionalidad: no ser de ningún lado y ser del otro lado siempre.

ITALIANO

C’è qualcosa nel concetto di «La Doblemirada» che mi porta a pensare a un altro: la «doppia nazionalità». Due concetti che, a prima vista, sembrano parlare di diversità, della possibilità di guardare da due luoghi, di appartenere a più di uno spazio, di portare con sé più di una storia. La doppia nazionalità suona così, no? Alla possibilità di essere di qui e di lì allo stesso tempo. Di poter avere due radici, due culture, due luoghi da chiamare casa. Suona come ricchezza, incontro, un’identità che non deve necessariamente limitarsi a un’unica frontiera.

Tuttavia, con gli anni ho iniziato a guardare questo concetto in un altro modo. Mi sono chiesta per chi rappresenti davvero quell’orgoglio. Perché, sebbene la doppia nazionalità possa sembrare un diritto e un’espressione di diversità, non tutte le persone sembrano avere la possibilità di viverla allo stesso modo.

Ed è qui che compaiono «quelli di sopra». Mi riferisco agli europei, a coloro che molte volte vengono riconosciuti come stranieri quando hanno legami con altri Paesi. A coloro ai quali, a volte, si racconta una storia fatta di amore, di incontro tra culture, della decisione dei loro genitori di rimanere in un altro luogo. La loro origine può essere presentata come una dimostrazione di cosmopolitismo, di apertura, di diversità.

Ma non sempre accade lo stesso con noi.

Non con chi viene dall’Africa, dall’America Latina e da altri territori che per tanto tempo sono stati considerati «sottosviluppati». Non con chi è arrivato — o i cui genitori sono arrivati — in Europa alla ricerca di una migliore qualità della vita, di opportunità e di un futuro. Noi siamo stati chiamati immigrati. E, in molte occasioni, sembra che questa parola pesi più della nostra stessa storia.

Perché in quale momento la storia di alcuni diventa diversità e quella di altri diventa immigrazione? In quale momento l’origine di alcuni viene celebrata e quella di altri diventa un marchio che dobbiamo portarci addosso?

Io sono africana. E da questo luogo mi chiedo perché la nostra provenienza sembri dover essere spiegata in un altro modo. Perché, quando veniamo dall’Africa, la nostra presenza viene così facilmente associata alla necessità, alla povertà o all’idea che siamo arrivati da un luogo inferiore. Perché, per alcuni, essere di lì può essere una storia che arricchisce la propria identità, mentre per altri sembra essere qualcosa che devono superare per poter essere riconosciuti qui.

Perché ci hanno fatto credere che essere di lì significhi essere meno. Che ci manchi qualcosa. Che la nostra origine ci collochi in una posizione inferiore. Che, per quanto viviamo qui, per quanto costruiamo le nostre vite, per quanto facciamo parte di questa società, ci sarà sempre una frontiera che altri si occuperanno di ricordarci.

E quella frontiera non si trova sempre su una mappa.

La mappa che ci viene disegnata fin da piccoli: i nostri genitori, i compagni di classe, gli insegnanti, gli amici, i limiti dell’appartenenza, le frontiere culturali. Un po’ di tutto contribuì alla mia paura del mare, quando mi vedevo in mezzo ad esso, sapendo di non saper nuotare.

Ho vissuto viaggiando attraverso lo stretto e, accanto a me, il panico di cadere in acqua. Passare ogni estate attraverso quelle acque così tiepide, così leggere alla vista, senza terra né montagne, fu lì che imparai a sentire il vuoto — forse è questo che me lo fece vedere con timore — un sentimento che da piccola credevo fosse soltanto mio, in quella barca così grande, in quel mare così immenso, e con quell’orizzonte così sfocato, cresceva il mio dubbio — perché devo scegliere? — che mi faceva girare il collo, verso destra, poi verso sinistra, lo sguardo in avanti, il guardare indietro.

Andavo verso una parte, rimpiangendo l’altra.
Non trovavo la pace in quel silenzio visivo così immenso.
L’angoscia è cresciuta con me, la confusione era la mia ombra, e il perdono sospirato, nello scegliere unadelle due parti, me lo trascinavo sulle spalle.
Due mondi, come si vive tra due mondi?
Nessuno sa insegnarti come farlo, tanto meno quando sei la primogenita di quella generazione nata in altre terre, in un altro Paese, in un altro continente.
Come devo rispondere a «da dove vieni»?
Qui sono figlia di immigrati, lì sono turista.
Una doppia vita, la cultura di chi non vuole perdere la memoria storica di lì e la cultura della società «progressista».
Se scelgo quella di lì, non sono integrata.
Se scelgo quella di qui, tradisco le radici dei miei genitori.
Studio una storia che non è la mia, e non so disegnare la mappa di quelli di lì.
Il mio specchio si divide in due, le mie critiche sono pensate due volte, la rabbia di dover spiegare agli uni e agli altri, la stanchezza di sostenere due bandiere, la mia mente non sa quale sia la verità, il mio corpo si paralizza quando vede il mare.
Sento soltanto l’angoscia delle mie due terre che mi seppellisce sotto le macerie della colpa.
Due mondi, due continenti, due Paesi, due città e un mare che mi soffoca quando mi vede.

Io non voglio dover scegliere tra essere di qui ed essere di lì. Non voglio che le mie radici africane siano viste come una mancanza né che la mia appartenenza all’Europa debba cancellare da dove vengo. Non voglio che la mia identità venga misurata in funzione della distanza tra il luogo da cui provengo e il luogo in cui vivo.

Voglio poter essere di qui e di lì senza che nessuna delle due parti della mia storia venga considerata inferiore. Voglio che la mia origine sia una parte della mia identità, non una spiegazione che devo offrire per giustificare la mia presenza.

Perché anche noi siamo di qui. Anche noi siamo di lì. E le nostre radici non hanno bisogno del permesso di nessuno per avere valore.

Questa è una «Doblemirada». Questo significa per me avere la doppia nazionalità: non essere di nessun luogo ed essere sempre dell’altro lato.

Doble nacionalidad