Samuele Marino
Hasta que no levantemos la mirada
Finché non alziamo gli occhi
ESPAÑOL
En Málaga me ocurre a menudo que me fijo en algo en lo que, probablemente, la mayoría de la gente no repara. Las farolas, los semáforos, las señales de tráfico. De vez en cuando, alguien los pinta de verde, pero solo en la parte inferior. Es un trabajo que parece hecho con una meticulosidad casi artesanal. Veo equipos de buenos pintores de mobiliario urbano, provistos de escaleras, pinceles y botes de pintura, que suben y bajan, eligen el color adecuado —verde botella, verde esmeralda, quizá gris, según el poste— y renuevan el elemento en cuestión con esmero y dedicación. Después, al llegar más o menos a la mitad, se detienen. Y ahí termina su trabajo. La parte inferior queda visiblemente limpia, fresca, como nueva; arriba, en cambio, el poste sigue envejeciendo, expuesto al sol, a la lluvia, al aire salino. El tiempo deja sus huellas, aunque no nos demos cuenta. Desde la calle vemos sobre todo la parte pintada, la que parece estar en orden.
Y muchas veces nos basta con eso: nos reconfortan el orden, la limpieza y el decoro.
No sé si existe alguna razón práctica por la que el trabajo se haga solo hasta la mitad. No pretendo, desde luego, juzgar a los pintores. Lo que me llama la atención es precisamente esa mitad, el punto en el que el trabajo se interrumpe, como si ya no fuera necesario ir más allá. Me pregunto cuántas veces hacemos algo parecido con los problemas que nos afectan de cerca. Intervenimos sobre lo que se ve, sobre aquello que se vuelve urgente, sobre lo que ya no podemos ignorar. A veces conseguimos resolver algo, pero no necesariamente el problema. Este permanece, quizá cambia de forma, cambia de nombre y, tarde o temprano, vuelve a hacerse visible.
Y entonces me ha dado por pensar en la vivienda.
Una ciudad puede ser bonita, estar bien cuidada y rebosar de vida. Se renuevan las fachadas, cambian los barrios, las calles se vuelven más atractivas. Pero ¿quién puede permitirse seguir viviendo en ella? Porque una ciudad puede mejorar su aspecto y, al mismo tiempo, volverse cada vez más difícil de habitar. Y de poco sirve que las calles sean bonitas si quienes llevan años viviendo en ellas se ven obligados a marcharse porque ya no pueden pagar el alquiler.
Una casa no es solo un inmueble, una fuente de ingresos o una cifra escrita en un contrato. Es el lugar donde vemos crecer a nuestros hijos, donde compartimos el espacio con un perro o un gato que nos espera cuando volvemos. Son las fotografías, las cenas improvisadas, los objetos que para los demás no valen nada y que nosotros jamás tiraríamos.
Es la vida que hemos construido entre esas paredes, ese lugar que cuenta quiénes somos y que, casi sin darnos cuenta, se ha convertido en parte de nosotros.
Perder la propia casa significa perder mucho más que cuatro paredes. Para una persona mayor que quizá haya vivido en el mismo lugar durante cincuenta años, puede significar dejar atrás todo lo que conoce, precisamente cuando empezar de nuevo se vuelve más difícil. Y pensar que, en algunos casos, después de toda una vida de trabajo y sacrificios, alguien puede encontrarse sin saber adónde ir es algo que debería hacernos reflexionar mucho más allá del tiempo que dura una noticia.
Es imposible no pensar en Maricarmen, la anciana de Madrid que fue desahuciada de la casa en la que había vivido durante gran parte de su vida. La posibilidad de regresar llegó cuando ya era demasiado tarde. Su historia llenó las plazas, despertó indignación y devolvió el problema de la vivienda al centro del debate público. Y es justo que así fuera. El derecho a la vivienda es una cuestión social de enorme importancia que no podemos dejar sobre los hombros de quienes tienen que afrontarla en soledad.
Pero hay una pregunta que no deja de rondarme la cabeza: ¿cuántas Maricarmen hubo antes que ella? ¿Cuántas están viviendo hoy el mismo miedo sin que nadie sepa nada de ellas? ¿Y cuántas habrá mañana, cuando los periódicos hayan dejado de hablar del tema y las plazas vuelvan a vaciarse? Porque al final siempre acaba pasando lo mismo.
No basta con indignarse cuando ocurre algo terrible. No basta con encontrar una solución para un caso concreto, por significativo que sea, y después convencernos de que hemos cumplido con nuestro deber. Maricarmen debería haber podido volver a casa, por supuesto. Pero, incluso si lo hubiera conseguido, todas las demás personas que se encuentran en su misma situación habrían seguido ahí, con los mismos miedos y las mismas dificultades. El problema no habría desaparecido. Simplemente habríamos resuelto una historia. Maricarmen ni siquiera debería haber tenido que abandonar aquella casa.
El derecho a la vivienda requiere normas sólidas, una legislación capaz de abordar situaciones complejas e instituciones dispuestas a asumir sus responsabilidades. No significa negar los derechos de quienes poseen una vivienda ni fingir que existen soluciones sencillas. Significa dejar de tratar una cuestión tan importante como si bastara una intervención puntual para ponerlo todo en orden.
Las soluciones hay que buscarlas, debatirlas y mejorarlas, pero, sobre todo, no deben convertirse en un campo de batalla política. Una persona muere, su historia estalla y, de repente, todo el mundo parece saber quién tiene la culpa y qué se debería haber hecho. Se hacen declaraciones, se buscan responsabilidades, se reparten acusaciones. Alguien se atribuye el mérito de haber sacado el problema a la luz; otra persona carga toda la culpa sobre sus adversarios.
Y mientras tanto, la vivienda sigue siendo un problema para quienes no consiguen encontrar una.
No estoy en contra de quienes protestan. Al contrario: por suerte, hay personas que no se resignan, que se organizan y que sacan a la calle problemas que, de otro modo, quedarían encerrados entre las paredes de las casas. La movilización social es importante, a veces indispensable. Pero precisamente porque el derecho a la vivienda es una cuestión demasiado seria, no soporto que el sufrimiento de las personas pueda convertirse en una herramienta para conseguir apoyo político. No es una bandera que se agita mientras conviene, ni una competición por ver quién consigue aprovecharse mejor de la indignación colectiva.
Si una tragedia solo sirve para dar la razón a un sector político y quitársela al otro, sin generar respuestas duraderas, entonces hemos perdido de vista lo verdaderamente importante.
¿Es este, entonces, otro de los sentidos de la doble mirada? Levantar la vista, no conformarse con la parte que nos muestran, sino también ir más allá del caso que nos ha conmocionado, porque un problema no desaparece cuando dejamos de hablar de él.
El poste sigue envejeciendo por encima de la pintura y las personas siguen viviendo sus dificultades, incluso cuando nosotros ya hemos apartado la mirada hacia otra parte.
A Maricarmen quisiera dedicarle un pensamiento lleno de afecto. Y, junto a ella, a todas las Maricarmen que hubo antes, a las que hoy temen perder su casa y a las que nunca llegaremos a conocer. A quienes están solos, a quienes no saben a quién pedir ayuda, a quienes no tendrán una multitud delante de su puerta ni se convertirán en el rostro visible de ninguna batalla.
Me gustaría que no tuvieran que esperar a convertirse en noticia para que alguien las viera.
Porque una casa, como un poste, no es solo una mitad de la vida.
ITALIANO
A Málaga mi capita spesso di osservare una cosa a cui, probabilmente, la maggior parte delle persone non fa caso. I pali della luce, i semafori, i cartelli stradali. Ogni tanto qualcuno li dipinge di verde, ma soltanto nella parte bassa. È un lavoro che sembra fatto con certosina attenzione. Vedo squadre di bravi imbianchini stradali, muniti di scale, pennelli e latte di vernice, che salgono e scendono, scelgono il colore giusto — verde bottiglia, verde smeraldo, magari grigio, a seconda del palo — e rinnovano l’oggetto in questione con cura e passione. Poi, arrivati più o meno a metà, si fermano. E lì finisce il loro intervento. La parte bassa appare visibilmente pulita, fresca, nuova; sopra, invece, il palo continua a invecchiare, esposto al sole, alla pioggia, all’aria salmastra. Il tempo lascia i segni, anche se noi non ci facciamo caso. Dalla strada vediamo soprattutto la parte dipinta, quella che sembra a posto.
E spesso ci basta, siamo confortati dall’ordine, dalla pulizia e dal decoro.
Non so se ci sia una ragione pratica per cui il lavoro venga fatto a metà. Non voglio certo fare un processo agli imbianchini. Mi colpisce piuttosto quella metà, il punto in cui il lavoro si interrompe, come se oltre non fosse più necessario andare. Mi chiedo quante volte facciamo qualcosa di simile anche con i problemi che ci riguardano da vicino. Interveniamo su ciò che si vede, su quello che diventa urgente, su ciò che non possiamo più ignorare. A volte risolviamo davvero qualcosa, ma non necessariamente il problema. Quello rimane, magari cambia forma, cambia nome, e prima o poi torna a farsi vedere.
Mi è venuto da pensare alla casa.
Una città può essere bella, curata, piena di vita. Le facciate si rinnovano, i quartieri cambiano, le strade diventano più attraenti. Ma chi può ancora permettersi di viverci? Perché una città può migliorare il proprio aspetto e diventare, nello stesso tempo, sempre più difficile da abitare. E non basta che le strade siano belle se poi chi ci vive da anni è costretto ad andarsene perché non riesce più a sostenere un affitto.
Una casa non è soltanto un immobile, una rendita o una cifra scritta su un contratto. È il luogo in cui vediamo crescere i nostri figli, dove condividiamo lo spazio con un cane o un gatto che ci aspetta quando torniamo. Sono le fotografie, le cene improvvisate, gli oggetti che per gli altri non valgono niente e che noi non butteremmo mai.
È la vita che ci abbiamo costruito dentro, il luogo che racconta chi siamo e senza nemmeno rendercene conto è diventato parte di noi.
Perdere la propria casa significa perdere molto più di quattro mura. Per una persona anziana, che magari ha vissuto nello stesso posto per cinquant’anni, può voler dire lasciare tutto ciò che conosce, proprio quando ricominciare diventa più difficile. E pensare che, in certi casi, dopo una vita di lavoro e sacrifici, ci si possa ritrovare a non sapere dove andare, è qualcosa che dovrebbe farci riflettere ben oltre il tempo di una notizia.
È impossibile non pensare a Maricarmen, l’anziana signora di Madrid che è stata sfrattata dalla casa in cui aveva vissuto per gran parte della sua vita. La possibilità di tornarci è arrivata quando ormai era troppo tardi. La sua storia ha riempito le piazze, suscitato indignazione e riportato il problema della casa al centro del dibattito. Ed è giusto che sia successo. Il diritto alla casa è una questione sociale seria, che non possiamo lasciare sulle spalle di chi si trova ad affrontarla da solo.
Ma c’è una domanda che continua a tornarmi in mente: quante Maricarmen ci sono state prima di lei? Quante stanno vivendo oggi la stessa paura, senza che nessuno ne sappia niente? E quante ce ne saranno domani, quando i giornali avranno smesso di parlarne e le piazze si saranno svuotate? Perché poi va sempre a finire così.
Non basta indignarsi quando succede qualcosa di terribile. Non basta trovare una soluzione a un singolo caso, per quanto significativo, e poi convincersi di aver fatto il proprio dovere. Maricarmen avrebbe dovuto poter tornare a casa, certo. Ma anche se fosse riuscita a farlo, tutte le altre persone nella sua situazione sarebbero rimaste lì, con le stesse paure e le stesse difficoltà. Il problema non sarebbe scomparso. Avremmo soltanto risolto una storia. Maricarmen non sarebbe nemmeno dovuta uscire da quella casa.
Il diritto alla casa richiede regole serie, una legislazione capace di affrontare situazioni complesse e istituzioni disposte ad assumersi le proprie responsabilità. Non significa negare i diritti di chi possiede un immobile o fingere che esistano soluzioni semplici. Significa smettere di trattare una questione così importante come se bastasse un intervento occasionale per rimettere tutto a posto.
Le soluzioni vanno cercate, discusse, migliorate, ma soprattutto non devono diventare terreno di scontro politico. Una persona muore, la sua storia esplode, e improvvisamente tutti sembrano sapere chi è il colpevole e che cosa si sarebbe dovuto fare. Si fanno dichiarazioni, si cercano responsabilità, si distribuiscono accuse. Qualcuno si prende il merito di aver sollevato il problema, qualcun altro addossa ogni colpa agli avversari.
E intanto la casa rimane un problema per chi non riesce a trovarne una.
Non ce l’ho con chi protesta. Anzi, per fortuna ci sono persone che non si rassegnano, che si organizzano e che portano in strada problemi che altrimenti resterebbero chiusi dentro le case. La mobilitazione sociale è importante, a volte indispensabile. Ma proprio perché il diritto alla casa è una questione troppo seria, non sopporto che la sofferenza delle persone possa diventare uno strumento per raccogliere consenso. Non è una bandiera da sventolare finché conviene, né una gara a chi riesce a sfruttare meglio l’indignazione collettiva.
Se una tragedia serve soltanto a dare ragione a una parte politica e torto all’altra, senza produrre risposte che durino nel tempo, allora abbiamo perso di vista ciò che conta.
È questo allora un altro senso della doble mirada? Alzare gli occhi, non accontentarsi della parte che ci viene mostrata, ma anche andare oltre il caso che ci ha colpiti, perché un problema non scompare quando smettiamo di parlarne.
Il palo continua a invecchiare sopra la vernice e le persone continuano a vivere le loro difficoltà, anche quando noi abbiamo già spostato lo sguardo altrove.
A Maricarmen vorrei dedicare un pensiero caro. E con lei a tutte le Maricarmen che ci sono state, a quelle che oggi hanno paura di perdere la propria casa e a quelle che non conosceremo mai. A chi è solo, a chi non sa a chi chiedere aiuto, a chi non avrà una folla davanti alla porta e non diventerà il volto di nessuna battaglia.
Mi piacerebbe che non dovessero aspettare di diventare notizia per essere viste.
Perché una casa, come un palo, non è una metà della vita.

